Cornada de lobo | pedro trapiello
Brutales
Ni siquiera a la peor alimaña se la mata a pedradas sin prisa ni piedad para que la muerte le llegue lenta, recreada en sangre y descalabradura. Pero a una mujer se la puede matar así, lapidarla con pedruscos como puños lanzados con muy mala folla en medio de un corro de tipos y voces en el que están, por ley, un juez, unos testigos, un marido cornudo y el cupo de fanáticos y viles del lugar que se apunta siempre a estos favores con euforia y regodeo. La lapidan por adúltera, establece el Corán. Pero hay que ser muy cabrón y no tener entraña para participar en el bulto de verdugos que hacen cumplir esa ley islámica de matar al reo a cantazo limpio; y tan limpio: es deber y no delito; lo establece el Código Penal iraní; art. 104 : las piedras no pueden ser tan grandes que maten a la primera o segunda vez, ni tan pequeñas que no puedan ser llamadas piedras; art. 102 : al condenado se le enterrará hasta la cintura, si es hombre, y por encima de los pechos, si es mujer; art. 103 : si el reo logra escapar del hoyo sin testigos, quedará absuelto de la pena... (sin duda, este detalle lo tuvieron pensando en ellas: enterradas hasta el cuello, les es más fácil zafarse que a ellos, pobrecitos, enterrados sólo hasta el culo). Con parecido rito y protocolo se aplica hoy esta ley coránica en Somalia, Nigeria, e Indonesia. Lapidación.
¿Cómo no blasfemar aquí contra una doctrina que se recrea y se ensaña al matar en nombre de un dios? Es obligado que nos encolerice el fanatismo religioso de teología penal (¿recuerdas la Inquisición?). Incluso usaremos esas leyes moras para engordar la tirria que cultivamos en Occidente contra islamistas, musulmanes, árabes o talibanes («y toda su puta raza», añade el bestia de Eulogio, que leía de guaje Flechas y Pelayos y el animal aún no ha cicatrizado de la mollera).
Pero sería injusto no ver que la lapidación se dicta en raros casos y sólo en cuatro países islámicos (hace sólo un siglo lo era en casi todos y a maza)... y que la lapidación no la inventó Mahoma; la copió tal cual de la ley mosaica, de los judíos, que lapidaban de cojones hasta que se les cruzó uno de Nazaret (que era más judío que ellos, pero preclaro y no nacionalista) y salvó a una adúltera de la puta Ley Vieja.