Cornada de lobo | pedro trapiello
Pelotas de toro
Miente el que se ponga profeta anunciando que un día amanecerá España sin toros. No es fácil, los toros son una cicatriz para toda la vida. En sus cuernos está la vieja seña ibérica de afrontar el bien y el mal... embistiendo. La política catalana los ha prohibido con un ¡viva la Inquisición y viva el moralista! Esa ley será munición gruesa en la matraca teatral que gustan dar los antitaurinos por plazas y encierros echándose encima ketchup y palitroques. La sensibilidad social contra espectáculos violentos irá en aumento y ecos internacionales exigirán la abolición de «la fiesta». En sólo tres generaciones, muchas plazas de toros serán bomboneras civilizadas donde no berrarán seis morlacos, sino un rockero descerebrado pagado por la concejalía de culturas transversales que cantará con doce mil decibelios su famoso tema bestial y nada violento Te arranco de un mordisco los cojones .
Dice el profetilla del barrio, alumno oyente de Sócrates Valdueza, que los toros son mucha seña y no desaparecerán de España ni en cien años; y que después, todos calvos quizá, los toros y los que les palpan las pelotas. Una sociedad educada y miramelinda legislará y arrinconará. Sin embargo, cuando esté casi extinguida la ganadería brava, desmanteladas las plazas de toros o convertidas en apartamentos redondos de negocios picudos, despedida la tropa torera de matadores y novilleros y encarecido el montaje de la lidia, entonces, las corridas volverán a ser el lujazo de unos pocos, algo exótico y privativo, como de reyes, que lo fue, capricho de hastiados adinerados que pagarán a pelo de chinchilla la exclusividad de ver torear (y sobre todo, morir) a toreros anónimos y suicidas como gladiadores desesperados. Las grandes «corridas» del boxeo se hacen hoy en fastuosos hotelazos de Las Vegas. Pues así los toros mañana. Los veremos en ranchos tejanos o cortijos cordobeses a dos mil la entrada.
Añade el profetilla que sólo Hispanoamérica será barricada infranqueable; allí no prohibirán los toros; son más seña de identidad que en España por ser vieja herencia que aquí se desprecia y por ser otro rasgo propio que les hace diferentes ante la voraz asimilación cultural de sus vecinos del norte.