Diario de una aventura

Desde las calderas del infierno

Hemos rayado la inconsciencia al adentrarnos en ese desierto infernal en la época más calurosa del año sabiendo que ni los beduinos lo hacen

Jesús Calleja vivió uno de los desafíos más duros.

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León

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¡Hola amigos! Os escribo desde las mismísimas calderas del infierno. Nunca jamás me imaginé que existiera un calor de esta magnitud y os prometo que, si lo llego a saber, sería difícil que eligiera este destino como un nuevo Desafío Extremo, pues hemos estado al límite de lo que el cuerpo humano resiste. Quizá hemos rayado la inconsciencia al adentrarnos en ese desierto infernal, en la época más calurosa del año, aun a sabiendas de que ¡ni los propios beduinos lo hacen! y a pesar de las recomendaciones que nos hicieron de que no se nos ocurriese-¦ Nos avisaban los beduinos: «En el desierto de Omán se entra pero nunca se sabe si se sale»... y todavía menos en esta época, la más calurosa del año. Lo mejor son los paisajes únicos de los grandes cordones de dunas, un desierto magnífico, de libro, con sus pequeños oasis de veinte por veinte metros con dos árboles donde pasamos los descansos obligados. Son grandes arenales sin nadie, sólo el ruido del viento, pues no hay pájaros, ni pueden vivir a esas temperaturas. Es soledad, calor infernal, noches estrelladas, grandes silencios y sudor, siempre sudando. Bebemos siete litros diarios de agua. Curiosamente, por la noche, el desierto cobra vida y de qué manera-¦ Miles de escarabajos peloteros, escorpiones, gusanos e insectos campan a sus anchas por la arena y les atraemos de manera especial con nuestras vibraciones sobre la arena. Se nos echan encima como en las películas de terror, se meten en el saco de dormir (dormimos al raso), los escorpiones (transparentes, verdes, negros) nos amenazan con el aguijón en alza y, al igual que los escarabajos, tienen especial fijación con nosotros. A otros animales no los vemos, pero están cerca porque sus huellas están por todas partes: son las serpientes y son especialmente venenosas, sobre todo las víboras que se esconden debajo de la arena y atacan cuando menos te lo esperas. En ocasiones nos ponemos n erviosos y nos altera la cantidad de bichejos asquerosos que tenemos encima del cuerpo, ¡sobre todo cuando nos despertamos por la noche! Como me pasó hace dos noches: un gusano tipo ciempiés de diez centímetros de largo me cruzaba la cara y me dejó un rastro de sarpullido y granitos, o los cientos de pulgas del desierto que me han dejado un recuerdo de más de doscientas picaduras.

Fue brutal, todo con las temperaturas próximas a los 50 grados. Rafa, curtido en mil batallas, nunca antes hizo algo tan radical. Dice que es lo más duro de su vida, y para Emilio, con diarrea, ni os lo cuento-¦ fue durísimo, al igual que para mi. Amigos, después de un jornada más, conseguimos llegar a Tiwi, nuestro objetivo. Alcanzamos el mar después de una larga travesía por las dunas de uno de los desiertos más desconocidos, calurosos y radicales del planeta. Remontamos una cordillera reseca, terrible, aniquiladora, alcanzamos el mar y lo hicimos en la época más calurosa del año. Hicimos la parte más dura de la Ruta del Incienso y creemos que nadie antes lo ha hecho a la vieja usanza y en esta época, en tiempos modernos. Lo decimos con precaución pero aquí nos aseguran que somos los primeros occidentales en hacer esta travesía, en esta estación. Fuimos osados, y quizá inconscientes y algo locos, ¡pero lo conseguimos! Amigos, muy pronto estaremos en otro desafio extremo. Os pido disculpas por no escribir más crónicas pero los equipos satélite y ordenadores se han ido churruscando. Has muy pronto.

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