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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Podría decirse que el evangelio de este domingo, con el que casi se inicia octubre, es como un pregón del año pastoral que comienza. Emprender de nuevo el esfuerzo organizativo del trabajo apostólico y asegurar un calendario de actividades. Todo ello supone un esfuerzo no pequeño que reclama tiempo y generosidad y, sin embargo, el Señor nos dice que somos siervos inútiles, que no hacemos más que lo que tenemos que hacer; todavía más: con palabras de san Pablo se nos pide avivar constantemente nuestra fe y la calidad de nuestra entrega cristiana.

Y es que la fe no es simplemente un asentimiento intelectual, sino un compromiso personal. Así lo da a entender Jesús a sus discípulos cuando le piden que aumente su fe. La fe es confianza en Dios y, por lo mismo, es confianza en la obra de Dios, que somos nosotros. El creyente sabe que no podemos esperar todo de Dios, porque Dios ha confiado el mundo a nuestra responsabilidad. Pero, a pesar de eso, el creyente ha de reconocer que no todo podemos resolverlo los hombres. Es verdad. Pero hasta llegar al límite de nuestras posibilidades, hay todavía mucho camino por recorrer y mucha responsabilidad que asumir. Frente a los problemas humanos, los nuestros y los de los demás, hemos de buscar soluciones y cooperar con todos los hombres de buena voluntad.

Jesús no habla de más o menos fe, sino de fe viva, que es la única fe verdadera. Una fe muerta es ceniza o, a lo sumo, como un rescoldo que sólo da calor al que la tiene. Y así es muchas veces nuestra fe: un rescoldo, un subterfugio, una coartada para quedarnos tranquilos y seguir viviendo sin complicarnos la vida. Nos interesa, sobre todo, esta vida, disfrutarla, sacarle todo el jugo, pero nos da miedo la muerte; por eso tratamos de conservar ese rescoldo de fe, para «por si acaso». En el fondo, si somos así, no somos creyentes ni cristianos. La fe viva es como el fuego, que calienta y da su luz a cuantos lo rodean. No es una fe para uso particular, para un caso de emergencia. Es una fe para la vida y, en consecuencia, para la convivencia, para la vida privada y pública, para nosotros y para todos los otros. La fe viva es fe que da vida; por eso se manifiesta y se expresa en obras de solidaridad y de amor, en testimonio de esperanza y de paciencia, de lucha y de esfuerzo por arreglar el mundo, sin escurrir el bulto o dejar que lo hagan los demás.

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Nuestro cristianismo no puede ser sólo una práctica ocasional, de algunos momentos, en misa o en la vida privada. Por eso, el apóstol nos llama a dar la cara por Jesús y por el evangelio. El espíritu de fe no es un espíritu cobarde, sino firme y enérgico para dar vida y ayudar a humanizar el mundo en conformidad con el proyecto de Dios.