EL PAISANAJE
Café para todos
En el Ayuntamiento de León se ha montado una gran trifulca esta semana a cuenta de una factura de 6,42 euros, fechada el pasado 6 de febrero, cuando vino el ministro Pepiño Blanco para anunciar la futura escuela de maquinistas del AVE y el alcalde Paco Fernández le invitó a un café, que, naturalmente, pagó el interventor. El edil popular Luis Nogal ha arremetido contra Fernández calificando de «dispendio patético, ridículo y de una catadura moral que no tiene límites» el hecho de traspasar la ronda a las arcas municipales. Por una parte no le falta razón, y hasta se quedó corto, porque ése fue un café de rácanos, palabra más ajustada al diccionario, que utilizamos al jugar al tute o a los chinos en la peña de mi bar, donde ni Pepiño ni Paco serían admitidos por gorrones. Además, está el precedente de la gomina del ex alcalde Amilivia, que tanto aireó en su día el entonces concejal socialista Miguel Alejo, ahora delegado del Gobierno del puerto de Pajares para abajo. Lo de Castilla y León parece como si sonara mal.
Del precio de aquella brillantina servidor ya ni se acuerda, pero por ahí le andaría. Así que en este caso yo que Nogal seguiría investigando. Seis y pico euros es mucho. Si sólo tomó la consumición el ministro, fue efectivamente una pasada, porque o era café irlandés o carajillo, ambos, en cualquier caso, muy generosos. Y, si eran varias las tazas, no cuadran las cuentas: 6,42 euros entre dos tocarían a 3,21 cada uno (ni en el Hostal de San Marcos donde, además, redondean por arriba); entre tres, a 2,14; entre cuatro a 1,605 euros; entre cinco, a 1,2804; y entre seis a 1,07, precio al que ya no te pone un cortao ni Alfredo, el de Casa Benito. El que no se lo crea puede echar mano de la calculadora.
En segundo lugar, insignificancias como ésta en el gasto público dieron lugar a la independencia de los Estados Unidos, nada menos, cabreados en Boston por los impuestos sobre el té de su graciosa majestad. De aquella un 16 de diciembre de 1773 los bostonianos se disfrazaron de indios mohawt, asaltaron los buques de la Navy y arrojaron cincuenta toneladas de aquella medio tila al agua sin ninguna flema británica. No digo yo que Nogal se disfrace de Juan Valdés, cafetero colombiano, y haga lo propio, pero por algo se empieza. En cuanto a los gringos de hoy con el Tea Party da en la nariz que están orgullosos de ser los tataranietos de la antigua indiada, a la que no le gusta el despilfarro de Obama, el presidente negro que toma el té con una nube de leche como él mismo cuando se mira al espejo, please, en la Casa Blanca, oh yes.
Por lo demás uno rejuvenece. Estando allá a mediados de los ochenta en la Diputación de jefe de prensa llegó cierto día un diputado buena persona, Domingo Marcos Domínguez, y tras visitrar la finca provincial de Almázcara en el Bierzo le presentó al interventor una factura de comida que en total eran doscientas pesetas o algo así. Y el funcionario, Carlos Echeto Alayeto, otro bendito ya fallecido, le dijo «Domingo, no te la paso si no le pones un cero más». La factura era impecable, escrita a cuadros sobre octavilla de libreta de alambre y firmada por un anónimo tabernero o restaurador de pueblo. «Pero si allí se come muy bien», objetó el interpelado. «Ya, pero si te pago ésta a ver cómo justifico yo las de los otros, que nunca bajan de tres mil», zanjó Echeto. Y tampoco crea el señor Nogal que esto es nuevo.
Siendo su señor padre, don Agustín, concejal de este mismo Ayuntamiento, allá por San Froilán de 1978, con don Oscar Rodríguez Cardet de alcalde y don Juan Carlos recién estrenado de Rey, hubo otro guirigay en la Corporación parecido al de ahora, sólo que de un millón de pesetas de la época, cuando se anunció una real visita y decidiose que los mingitorios del viejo consistorio de Botines no eran los adecuados. Los nuevos costaron la tira a toda pastilla con paredes de mármol marrón, moqueta a juego y un bidé con pitorro móvil, o sea una guarrada en tiempos.
El evento salió bien, pero servidor mandó una croniquilla a «El País», del que entonces era corresponsal, titulada más o menos «Vino el Rey y no meó», a resultas de la cual me cayó una querella de oficio por desacato de la que libré al cabo de dos años de procesado.
Me absolvieron, como en las otras trece querellas que he llegado a acumular en la vida profesional y privada -"toquemos madera-" con todos los resultandos y considerandos en contra, de modo que desengáñese también Nogal porque seis euros para joder a un alcalde -"mil pelas, macho-"no merecen la pena.
Malos tiempos para la lírica.