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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Hace años me impresionó un epitafio escrito sobre una lápida: «Para morir como quien habría de vivir, vivió como quien tendría que morir». De vida y muerte nos hablan las lecturas de este domingo. Los deportados a Babilonia (entre ellos el profeta Ezequiel) sienten nostalgia de su tierra, la añoran y sueñan con una próxima vuelta; pero el profeta insiste en que tiene que ser un regreso renovado y renovador. No cabe pensar en Dios sólo cuando aprieta el zapato. El mensaje de Ezequiel es un mensaje de esperanza individual y colectiva: cuando en la vida de una persona o de una comunidad parece que todo está perdido, que todo son huesos sin vida, el profeta infunde esperanza de vida. ¿Razón? Porque Dios no quiere la muerte; Dios está empeñado en dar vida y resurrección.

Éste es el fundamento de nuestra esperanza, una esperanza que se basa en la firmeza indestructible de Dios mismo. Y todo eso se convierte en realidad plena en la resurrección de Cristo, que es nuestra vida y nuestra resurrección. Por eso, la Iglesia lee este fragmento de Ezequiel al llegar la Pascua.

En el evangelio la resurrección de Lázaro, más que historia, es parábola y profecía; no se refiere sólo a un caso individual, sino que es anuncio para todo hombre. Para el sufrimiento absurdo, para la enfermedad deprimente, para la muerte prematura y cruel, para toda muerte, se regala una palabra victoriosa: «Yo soy la resurrección y la vida». La primera gran noticia que hoy se proclama es que Lázaro tiene un amigo que se llama Jesús. Quien tiene un amigo ya está salvado. La amistad es la mejor medicina. Con Jesús como amigo renacen todas las esperanzas. Hermoso título éste de amigo. Amigo quiere decir cercano, íntimo, solidario, comprensivo, sincero, respetuoso, entregado, fiel. Amigo es algo único, palabra divina, experiencia inexpresable. Si Dios es nuestro amigo, no nos abandonará nunca, y mucho menos en los momentos de angustia y de muerte; no habrá nada que temer porque siempre estará a nuestro lado y compartirá toda nuestra vida. En Jesús vemos al Dios amigo, el que llora una muerte, el que entrega una vida. Jesús es amigo de todos, pero especialmente de los pobres y los enfermos. Él está cerca del que sufre, él sabe de lágrimas y dolores.

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Jesús sigue gritando a todo hombre para que salga de su sepulcro, de las simas oscuras y amargas de la existencia. Desde que Lázaro salió fuera, todo tiene ya una salida victoriosa; la vida tiene ya otro sentido; se puede decir bienaventurados a los pobres, se puede buscar el último lugar, se puede vivir para los demás, se puede «perder la vida» seguro de que la encontraremos. Y desde que Jesús dijo: «Yo soy la resurrección y la vida», todo se llena de luz y se abre a la esperanza, el misterio del dolor empieza a entenderse, el hambre de justicia puede satisfacerse y todas las utopías quedan al alcance de la mano. Dicen que hay amores que matan; el de Jesús, como se ve, es un amor que da la vida.