Tarsicio
Cada día su afán José-Román Flecha Andrés
A quienes llegan hasta ella con ánimo curioso, Roma les obsequia siempre con una nueva sorpresa. Los que hayan visitado en alguna ocasión las Catacumbas de San Calixto, pueden encontrarse ahora con una estatua inesperada. No descansa sobre un pedestal. Parece nacer de la hierba, al borde del camino. Representa a un niño vestido con la toga con franjas de púrpura que adornaba en la Roma antigua a los chicos de su edad. Parece caminar con prisa llevando un secreto entre las manos cruzadas sobre el pecho.
La estatua recuerda la figura de San Tarsicio, mártir. Se había ofrecido a llevar la Eucaristía a los enfermos y a los cristianos perseguidos a causa de su fe. Pensaba él que su corta edad no le haría sospechoso en tiempos de persecución. Sufrió puntapiés y pedradas de otros jóvenes que pretendían que les entregase el tesoro que le había sido confiado. Cuando el oficial pretoriano Cuadrado logró rescatarlo Tarsicio ya había muerto. Era el día 15 de agosto del año 257.
Junto al papa san Ceferino, Tarsicio fue depositado en una tumba común en las catacumbas de san Calixto, en la Via Appia. Eran los tiempos del emperador Valeriano y, en medio de la persecución, nadie podía soñar todavía en un tiempo de paz y libertad para los cristianos. El martirio había unido en el mismo lugar de descanso al papa y al joven monaguillo.
En el siglo IV, el papa Dámaso le dedicó uno de sus breves poemas: «Tarsicio llevaba los misterios de Cristo cuando una mano criminal intentó profanarlos. Él prefirió dejarse matar antes que entregar a aquellos malvados el Cuerpo del Señor». Y en el siglo VI sus restos serían trasladados por el papa Pablo I a la basílica romana de San Silvestre.
Han rodado los tiempos. Pero al comienzo del tercer milenio cristiano, su recuerdo ha vuelto a la conciencia de los cristianos. El suizo Bernhard Lang lo ha plasmado en esta imagen de bronce de cinco metros de altura que Benedicto XVI ha bendecido el 4 agosto del año 2010 ante una multitud de más de cincuenta mil jóvenes. El Papa les dijo aquel día: «Probablemente a nosotros no se nos pedirá el martirio, pero Jesús nos pide la fidelidad en las cosas pequeñas, el recogimiento interior, la participación interior, nuestra fe y el esfuerzo de mantener presente este tesoro en la vida de cada día».
El recuerdo de San Tarsicio se hace especialmente vivo con motivo de la celebración de la fiesta de la Primera Comunión. También a los niños de hoy, les entrega la Iglesia el Cuerpo de Cristo. Hay quien trata de arrebatarles este tesoro, corrompiendo su alma y despreciando sus ideales de fe. Otros se burlan de ellos, diciendo que se convierten en antropófagos y otras lindezas semejantes. Y otros rodean la fiesta de tanto fasto y estrépito que les hacen olvidar el sentido verdadero de la comunión.
La imagen de San Tarsicio, con su toga de bronce movida por el viento, muerto por defender el don de la Eucaristía, se vuelve interpelante en este nuevo siglo.