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ANTONIO NÚÑEZ
León

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Salvavidas, se entiende, porque otro no queda. Acaba de anunciar el Gobierno que el paro no se reducirá a la mitad hasta el 2019 y se queda tan tranquilo mientras el país tiembla. Tras el penúltimo Consejo de Ministros los de Economía y Hacienda, señores de Guindos y Montoro, matizaron no obstante que las reformas contra la crisis son las correctas, lo cual recuerda al chiste del oftalmólogo cuando animaba a la familia del paciente: «la operación ha ido bien, pero perderá el ojo».

De Rajoy no se sabe nada. Una noticia como ésta hubiera requerido por lo menos su presencia para dársela al personal con la cara compungida que le caracteriza y un sermón de consuelo del estilo de «es lo que hay y hago lo que puedo, aunque se ve que puedo poco, así que vuelvan a votar ustedes a Zapatero si lo prefieren». A eso se le llama mentar la soga en casa del ahorcado, de modo que elija. Dando la cara se le entendería mejor.

Cuando Aznar sucedió a Felipe González la tasa de desempleo era parecida. En porcentaje no en número de parados, porque entonces también éramos menos. No hay como hacerse viejo para recordar aquella herencia caótica de despilfarros y corrupción, cuyas señas de identidad fueron el AVE a Sevilla, su pueblo, la Expo y Roldán, el director general de la Guardia Civil que atracó hasta a los huérfanos y se dio a la fuga. No sé lo que añoran algunos socialistas de aquella época, aunque a lo peor sí.

A lo que íbamos, Aznar cogió aquel desbarajuste y lo liquidó en cuatro años, devolviendo las cosas a su sitio, menos los dineros que habían volado. Y la primera vez no tenía una mayoría absoluta como la de Mariano. El problema de José María es que le plantaba cara a todo y, claro, se la partieron cuando los atentados del 11-M para poner muy sospechosamente al chisgarabís paisano que en siete años de mandato volvió a arruinar el paisaje, eso no lo negará nadie. Entre mis añoranzas no figura precisamente Zapatero.

A este paso después de los seis años de miseria que se avecinan tampoco lo va a ser Rajoy, cuya cachaza galaica aburre hasta a los suyos. Si hace usted una encuesta de andar por casa entre votantes y militantes del PP verá que hay división de opiniones por lo taurino: la mitad piensa que no se le votó para no hacer nada y el otro cincuenta por ciento que podía haber hecho algo más. Por ejemplo, pasarle la garlopa a la Administración Central y las autonomías, donde sigue habiendo veinte mil asesores de cargos públicos, muchos de ellos sin bachillerato al decir de un belicoso colega de la radio. El problema es que funcionarios aparte, a los que ahora les están dando caña sin cuento y son tres millones y pico con buenos sueldos, que no se quejen, hay también otro millón largo de contratados a dedo de todos los colores políticos. Absolutamente de todos y ahí está la madre del cordero. Por eso Mariano no tira de la manta, so riesgo de encontrarse y tener que saludar a más de uno con un «¿Manoliño, qué tal te ha ido?». Por el contrario, prefiere seguir esquilmando a los currantes y empresarios del sector privado subiendo impuestos que había jurado bajar. Pero la vaca está agotada.

Hay quien sostiene que con la que está cayendo no se puede engordar el paro con otro millón de paniaguados públicos, no veo yo por qué, pobriños ellos que nunca han dado un palo al agua fuera de la nómina oficial. Por cierto, Rajoy y Zapatero tampoco y me suena que Aznar lo mismo, aunque éste último tenía por lo menos vocación de capataz sin complejos. El juego que hubiera dado como mano derecha de Victorino, otra no tiene, en lo de la minería del carbón. Repase usted en general la lista de los políticos que conoce y ponga una cruz a los que crecieron ya de pequeños en el cargo y a los abogados sin pleitos. A lo mejor la próxima no tiene a quién votar, repáselo. La Junta de aquí mismo es un cementerio de elefantes para exalcaldes en cargos que no tienen ni pies ni cabeza.

El patético mensaje de los rajonianos hasta el 2019, largo se lo fían al Inem, recuerda inevitablemente a aquel otro chiste de los doscientos mil gallegos que bajaban en manifestación por la Gran Vía de Madrid para protestar contra Franco, que también era gallego, con gritos de «caciques fora» y «a merda os caciques». O algo así. Pero a los diez minutos dieron la vuelta todos cabizbajos, estilo Rajoy, y uno de la acera les preguntó: «¿Pero que os pasó?». «Es que vinieron dos y nos rodearon».

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