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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

La liturgia de este domingo es toda ella un canto a la misericordia de Dios. Misericordia en favor de la conversión: el hombre se experimenta a sí mismo como «ser que llora», por el cual se preocupa Dios: «Tú le amonestas y le recuerdas sus pecados, para que se convierta del mal y crea en ti, Señor». Dios toma en serio nuestro pecado, porque nos toma a nosotros en serio, pero, como «Amigo de la vida», nos toma en serio en nuestro mal..., porque quiere nuestra vida. La conversión comienza por el cambio de mentalidad y sigue con un comportamiento evangélico. Es un cambio que nos conduce a salir hacia fuera, más allá de nosotros mismos.

Todo comienza con la inquietud del rico Zaqueo. No sabía quién era Jesús, pero «trataba de distinguirlo». En un doble sentido: físico y moral. Quería «verlo», pero sobre todo quería «identificarlo». ¿Por qué le interesaba tanto «alguien», cuando ya tenía la vida llena de honores y riqueza? No se nos dice, pero quizá su situación retrata a la gente de nuestros días que posee más recursos que nunca y, sin embargo, como que intuye que tiene que buscar algo más importante para su vida. No sabe qué ni quién, pero lo busca. A Jesús le bastará esa inquietud insatisfecha.

Zaqueo contará con dos dificultades: era bajo de estatura y la gente se lo impedía. De nuevo, constataciones físicas y existenciales a un mismo tiempo. Lleno de poder y riqueza, el hombre es siempre enano cuando trata de acercarse al misterio de Dios, incluso cuando éste tiene un rostro tan humano como el de Jesús. Y además la gente también lo impide. El ajetreo, las opiniones, las prisas, las tensiones de la vida no siempre facilitan «distinguir quién es Jesús».

Zaqueo «trataba de distinguir». Pero será Jesús quien tome la iniciativa encontrarse con él e ir a su casa. Zaqueo baja del árbol y aloja a Jesús en su hogar, donde se convive.

El encuentro es gracia, cuando se percibe que Dios no se queda en responder a nuestras preguntas, sino que en Jesús quiere entrar en nuestra casa y compartir nuestra vida. Alojarse con nosotros significa entrar en nuestra intimidad.

La fe de Zaqueo nació «después». Primero fue Cristo quien creyó en Zaqueo, cuando otros ya le habían clasificado como poco bueno y poco recomendable. Tener fe significa creer en uno que cree en nosotros.

Hay que bajarse, como Zaqueo, del árbol de las resignaciones, de los remordimientos y de los miedos, responder a quien nos llama por nuestro nombre, no para reprocharnos nada, sino para abrirnos a una nueva vida. Zaqueo, que buscaba algo diferente, reacciona y da un giro nuevo a su existencia.

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Acoge el mensaje de Jesús y toma la única decisión que le puede salvar. Ahí está la experiencia de quien se encuentra con Jesús que viene a «salvar lo que estaba perdido».