Mucho más que unas migajas
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Parece que el relato de los milagros de de Jesús buscan admirar la obra de Dios. Hay más. Buscan que nos preguntemos qué significan esas intervenciones de Dios en nuestra historia. Más aún, que enseñanza se nos quiere ofrecer. En el fondo Dios pretende convencer de un amor, de que es un Padre misericordioso. Por eso quiere estar cerca, consolar, salvar. Más que a admiración intenta invitar a confianza. Por eso sus intervenciones ocurren preferentemente en contactos personales. Es el caso de la mujer cananea, que se dirige a Jesús convencida de que es el enviado de Dios. De ahí que su oración sea escuchada. En la Misa y en los momentos de oración la rutina puede conseguir hasta de vaciar de sentido incluso lo más sagrado. El grito de la cananea es la gran plegaria de una madre que siente como propio el dolor de su hija. «Señor ten piedad». Es una invocación que recorre toda la Escritura y toda la Liturgia cristiana. Que sea siempre una expresión llena de sentido, una auténtica plegaria.
Jesús responde de forma que parece desconcertante: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Así era al principio, pero la fe es capaz de cambiar los plazos. La fe de aquella mujer merece que se sepa que la salvación está abierta a todos los pueblos. Este es el núcleo central del mensaje de este domingo. El domingo pasado vimos a Pedro titubeando en su fe, cosa que Jesús le recrimina. Hoy una mujer extranjera mantiene con firmeza su fe humilde, jugando con la alusión a los pequeños perrillos que son parte de la casa y del hogar. Jesús la elogia: «Mujer, qué grande es tu fe». ¡Cuántas veces, a todos nos conviene recibir lecciones de la gente más sencilla...!
¡Qué bueno es orar, entrar en diálogo con Dios! Hoy también. ¿Se conciben dos esposos que no tengan nada que decirse? ¿Caben amigos que no tengan frecuentes y largas conversaciones? ¿Pueden ignorarse padres e hijos? Si el hombre no habla con los de su lado y, sobre todo, con quienes comparte su vida, es que está perdiendo una de sus más hermosas facultades y está hundiéndose en un mundo de soledad. Cuando falla la conversación entre los novios, el matrimonio, los amigos, los hijos, es que se está acabando el amor y la amistad. Exactamente así es lo que le pasa a un cristiano con su Dios, con quien hay que compartir la vida, con todas sus ilusiones y sus decepciones, un Dios con quien se habla, a quien se pide, como la cananea, y a quien se agradece. Dios y el cristiano son dos amigos que entretejen juntos cada día y repasan juntos cada acontecimiento. Y esto es precisamente la oración. Que cada Eucaristía la celebremos gozosos y agradecidos, porque nosotros, a pesar de nuestras rutinas, no estamos invitados a comer las migajas que caen de la mesa, sino que, bien sentados, estamos invitados a compartir como hijos la mejor comida.