Quince horas para cambiar un esófago y una aorta por un pericardio bovino

Médicos de la Fundación Jiménez Díaz operan por primera vez en España una fístula aorto-esofágica.

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daniel roldán | madrid
León

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«Nunca pensé que iba a morir». María José Calderón intenta articular más de una frase seguida. Pero la emoción convierte sus palabras en silencios y sus ojos en lluvia. A sus 44 años, ha pasado todo un calvario desde que sufriera un accidente en 2002. Fue tratada, pero se le detectó una fístula aorto-esofágica, una comunicación anómala que se produce por aneurismas (dilataciones localizadas y permanentes) de la aorta torácica, lesiones de esófago o por las prótesis alojadas en esta aorta, como fue el caso de María José.

Esta patología es muy infrecuente. En los últimos diez años apenas se han detectado 45 casos en Europa. En España, se han documentado tres en Valladolid. «A dos se les realizó una cirugía y al otro un tratamiento conservador. Lamentablemente, todos ellos fallecieron a los pocos días o en el postoperatorio», explicó Cesar Aparicio, jefe asociado de Angiología y Cirugía Vascular de la Fundación Jiménez Díaz (FJD) de Madrid. Ante esta situación, el equipo de este departamento, junto al de cirugía general y al de cardiaca, se planteó la posibilidad de extirpar la aorta y el esófago. María José estaba de acuerdo.

El equipo de la Fundación Jiménez Díaz logró operar con éxito, por primera vez en España, a una paciente con esta patología. Una operación que se tuvo que realizar por capítulos: una primera parte, de diez horas, y una segunda de cinco. En la primera, se produjo la extirpación de la aorta. «Pero sin la aorta, el cuerpo no puede vivir», explicó Gonzalo Aldámiz-Echevarría, jefe del servicio de Cirugía Cardiaca. La única opción era realizar una circulación extracorpórea con hipotermia moderada. «Es similar a una muerte cerebral. Eso nos da entre veinte y treinta minutos para operar», añade el doctor Aldámiz durante la presentación de los resultados.

En ese tiempo, se extirpó la aorta torácica descendiente y se sustituyó por un tubo de pericardio bovino. En agosto se realizó la segunda parte: colocar una parte nueva de esófago, en este caso una plastia tubular gástrica. Esto ha permitido a María José llevar una vida normal y comer de casi todo.

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