Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

Creado:

Actualizado:

En:

J esús es hombre de oración. Y en el evangelio de este domingo lo encontramos orando. Esta alabanza agradecida al Padre expresa una experiencia: ya hace tiempo que el Maestro evangeliza y sus discípulos también han sido enviados a presentar el Reino de Dios. Pero se han encontrado con todo tipo de gente, los que acogen y los que rechazan. Jesús pronto cae en la cuenta de quiénes son los unos y quiénes los otros. Y agradece al Padre que le haya parecido mejor que fueran los pequeños, los sencillos, quienes se abran al anuncio. Jesús nos invita a tener su paz en nuestro corazón, nos invita a sentirnos en paz, a caminar por nuestra vida con tranquilidad y confianza, a sentirnos con la alegría de estar cerca de Él, a descubrir que Dios nuestro Padre nos ama profundamente. Nuestro camino no lo hacemos solos. Jesús agradece al Padre que haya querido dar a esos, a los pobres y sencillos, la certeza de su compañía. Y luego él mismo, Jesús, añade esta llamada al corazón de cada uno: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso». Porque esa es quizá la noticia más gozosa que tenemos en el centro de nuestra fe: el poder sentirnos con la paz que da el amor de Jesús; el poder encontrar, desde nuestro trabajo, desde la lucha de cada día, desde el esfuerzo constante, la certeza de que el Señor nos acompaña, la seguridad de poder orar y ponernos en sus manos. Aunque a veces las cosas sean muy duras.

El plan de Dios no puede ser aceptado más que por aquellos que se presentan ante él conscientes de su vacío y pequeñez, con la pobreza radical que caracteriza al ser humano, con la actitud de humilde y esperanzada búsqueda de algo o de Alguien que pueda llenar sus vidas. Con frecuencia, muchas de las dificultades para comprender las palabras de Jesús, provienen de ese miedo que tenemos a las exigencias del amor y entonces justificamos nuestro miedo que nos paraliza, entreteniéndonos en reflexiones y razonamientos interminables. Otras veces adoptamos ante el Evangelio una actitud interesada más en justificar nuestra vida que en cambiarla, y entonces nos comportamos como los fariseos que escuchaban a Jesús para cogerle la palabra. Tampoco entendemos el Evangelio desde una actitud académica, que nos obliga a fijarnos más en las palabras que se dicen que en lo que quieren decir. Porque cuando el Evangelio se escucha como pide ser escuchado, es muy fácil comprender lo que nos quiere decir, aunque no siempre resulte fácil saber qué significa concretamente cada una de sus palabras. Es la limpieza de corazón, la ausencia de todo interés torcido, lo que permite discernir en las obras que realiza Jesús la mano de Dios. En última instancia, depende de la disposición de cada uno de nosotros ante el Evangelio.

Dios no sólo es el Padre de Jesús, sino que es el mismo Jesús. Y este Dios es el Dios de los sencillos, de los pequeños y de los sin voz, de los cansados y de los agobiados, de los pobres. Lo que importa es que la evangelización actual sepa presentarnos un mensaje de Dios y de la fe que sean Buena Noticia, Dicha o Bienaventuranza, esperanza y consuelo, o sea, salvación para el hombre; que es lo que siempre ha sido y tiene que ser el plan de Dios y su palabra.

Cargando contenidos...