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PEDRO TRAPIELLO
León

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Del mismo modo que el catalanismo con cerebro romo como punta de colchón propende a identificar a España con Franco y, por ende, convierte a todos los españoles en franquistas natos o, al menos, en herederos y continuadores de su chulería dictadora, hay también alguna gente dispuesta por sistema a identificar los pantanos con Franco tomándoselos, además, como la peor de sus fechorías. Les espeluzna la sola palabra embalse. ¿Y a quién no le inquieta? Todos sabemos las arbitrariedades y abusos que en cien años de historia pantanera se vieron y se ven en estas obras «públicas» que en tantos casos, demasiados, acaban privadas, presas del gran negocio energético y sus estrategias, ese negocio que nos da calambrazos sin cesar en el recibo de la luz para agradecernos así su ordeño en exclusiva de un recurso natural que es de todos. Y no será necesario aquí recordarles que no pocos de los pantanos que hizo Franco fueron proyectos del anterior gobieno republicano con el socialista Indalecio Prieto en Obras Públicas (Riaño, uno de ellos).

Aunque este año la suponemos, también en un pantano vemos agua. Eso es bueno, el agua es buena. Sólo con ese agua podremos ir aplacando la sed o la sequía y frenando los arreones que nos da un desierto que no necesita pateras para cruzar el Estrecho. Así, con agua apresada, aplazaremos el incendio final y una muerte muy anunciada. Han de exigirse presas de justo tamaño, ya, una en cada cabecera de río que garantice su caudal biológico y, de paso, sus buenos kilowatios para las juntas vecinales o el común.

Eso es pantanitis, dirán los antipantanitis, pero retener agua, frenar su prisa por llegar al mar, fue el sueño, derecho y afán del hombre tras descubrir la agricultura; sólo así logró que estiajes canallas como este no se lo lleven todo. Las fotografías de estos días con embalses vacíos meten pavor al cuerpo por no nevar ni llover a modo. Los ríos no regulados bajan exahustos, algunos sin gota, sólo pedregal. Terrible. Lechos fluviales son ahora de las lagartijas y de la pecina hecha piedra... ¿y dónde beberás mañana, Romanín?...

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