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Liturgia dominical Jesús Miguel Martín Ortega
León

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P ese al adanismo reinante, el ser humano se enfrenta a las preguntas de sentido sobre su existencia. Podrían resumirse así: ¿Qué he de hacer para que mi vida no sea baldía? Esta pregunta, con ser de rabiosa actualidad, ha preocupado a los hombres y mujeres de todos los tiempos y el pensamiento filosófico da buena cuenta de ello. Este domingo, el evangelio de San Lucas recoge esta misma cuestión: un letrado se la lanza a Jesús, consciente de que su respuesta reflejará el valor o la vaciedad de su predicación.

Jesús entra en diálogo con el letrado y le pide que responda él mismo al interrogante desde lo que ya sabe, desde su gran conocimiento de la Ley de Moisés. La respuesta que da es sabia. Recuerda el shêma judío: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser». Junto a este texto del Deuteronomio (Dt 6,4-5) añade otro tomado del Levítico (Lv 19,18): «Y al prójimo como a ti mismo».

Jesús aplaude la respuesta y le sugiere que lo viva. Pero aquel entendido en leyes, para no quedar mal y dárselas de justo, presenta sus dificultades: «¿Y quién es mi prójimo?»

Cuántas veces hemos participado de esta actitud. Para no hacer lo que debemos ponemos mil excusas y encontramos mil dificultades. Con razón dice el proverbio árabe: «Quien quiere hacer algo, encuentra el medio; quien no quiere hacer nada, encuentra la excusa». ¿Cómo amar al prójimo si desconozco quién es? Esa era la excusa del letrado y ese el pretexto con el que contó Jesús para narrar una de las parábolas más bellas y significativas: la parábola del buen samaritano. Conocemos bien la historia. ¿Quién se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Intencionadamente el Señor le cambia el sentido de la pregunta: pasa del «¿quién es mi prójimo?» al «¿soy yo prójimo de…?»

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La pregunta sigue siendo pertinente para quien desea dar sentido a la vida presente y apertura a la vida futura. Haz tú lo mismo.