‘La mujer loba’
Ana Cristina Herreros cuenta su relato favorito, el de La mujer loba, originario del Bierzo.
Nadie sabe qué delito cometió, pero un día se abrió la puerta de su casa y ella salió de un empujón.
—¡Vete, desgraciada! ¡Ojalá te coman los lobos!, le gritó su padre.
La madre se agarraba al quicio de la puerta y lloraba, pero nada hacía. Y ella se fue caminando hacia el monte. Estaría mejor con aquellas alimañas que con las bestias de su pueblo. Y llegó al monte y se encontró con los lobos. La olisquearon y siguieron su camino. Pero ella se fue detrás de la manada y aquella noche murió una loba vieja. Con un trozo de piedra cortó la piel de la loba y se hizo un traje. Y, como una más, la aceptaron en la manada. Cuentan que las noches de Luna llena aquella mujer maldita por su padre que se había convertido en una loba bajaba al pueblo. Se iba a un caserón abandonado, donde la gente del pueblo ponía a asar las castañas. Subía a la buhardilla. Encendía el fuego. Ponía una olla de peltre —que había encontrado en un basurero— llena agua y cuando estaba humeando, la ponía dentro de un barreño, también de peltre, que había encontrado en el lavadero. Solo entonces se quitaba la piel de la loba, se metía dentro y con un jabón frotaba su cuerpo. Salía del barreño, ponía la cabeza en una piedra y empezaba a peinarse el pelo mientras recordaba lo bien que olía el guiso de su madre los domingos. Lo bien que olía la cara de los muchachos recién afeitados o lo bien que olía la ropa que su madre extendía en el verde para secar y para blanquear. Y cuando consideraba que había pasado tiempo suficiente, se ponía la piel y volvía al monte con los lobos. A ella se le atribuía la desaparición de los jóvenes que iban a malcasar y los adultos muy mal casados. Todos iban al caserón las noches de Luna llena y todos desaparecían del pueblo. No se les volvía a ver. Decían que se los comía la loba.
Cuentan que a aquel pueblo volvió, después de años de ausencia, un joven que había estado complicado en una guerra colonial y que cuando se sentó en la mesa familiar empezaron a contarle todo lo que había sucedido en su ausencia. Y le contaron lo de aquella mujer, aquella chica maldita por su padre, que se había ido al monte y se había transformado en una mujer loba. Aquel muchacho venía con el aguijón de la aventura en el cuerpo. Así que cuando escuchó que se iba al caserón abandonado en las noches de Luna llena y que se comía a todos los que aparecían por allí, decidió ir.
—Madre, la próxima vez que haya Luna llena iré.
—No vayas hijo, no vayas.
En la siguiente Luna llena el muchacho se dirigió al caserón abandonado. Vio un resplandor en la buhardilla y hacia allá se dirigió. Subió las derruidas escaleras y se escondió detrás de un montón de escombros y desde allí la vio desnuda. Se quedó allí ojiplático observándola. En un momento, ella sacó un pie del barreño, se sentó en la piedra, puso su cabeza hacia abajo y comenzó a peinarse el pelo. En ese momento, el muchacho vio la piel de la loba tirada delante del fuego. Salió corriendo de su escondite, agarró la piel y la tiró al fuego. Ella vio cómo su piel de loba comenzaba a quemarse y fue corriendo a buscarla, pero el apretó a la muchacha contra sí y la separó del fuego. Ella veía cómo su piel de loba ardía en el fuego y sentía que su piel de mujer ardía en brazos de aquel hombre. Ella intentó clavarle las uñas, pero él le sujetó la mano. Intentó morderlo, pero él le sujetó la boca. Intentó zafarse una vez más, pero él la apretó contra sí. Entonces él sintió cómo el deseo de ella fluía como un río. Y ella sintió cómo el deseo de él se elevaba como una montaña. Y juntos se tumbaron sobre un montón de sacos. El amanecer sorprendió a los dos jóvenes aullando el mismo deseo. El fuego se había apagado. No quedaba nada de la piel de loba. La muchacha miró el fuego y luego a él y le dijo:
—Si un pedazo de mi piel de loba hubiera quedado, lo más grande que te quedaría a ti de tu cuerpo sería un poquito de oreja.
Pero él le acalló la queja con su boca. Después se levantó, se sacudió el polvo y se vistió. Le tendió la mano y ella se levantó e improvisó un vestido con un trozo de saco. Juntos, de la mano, salieron de aquel caserón abandonado y se fueron lejos, muy lejos. Al día siguiente, en el pueblo el comentario era unánime. Cada vez que alguien se encontraba con algún miembro de aquella familia que había perdido al joven y preguntaba: «¿Qué pasó?». La familia siempre contestaba: «Se lo comió la loba». Y así fue, se lo comió la loba.