Pepe, el de Los Barrios, cumple 50 años de pastor

"Las ovejas son mi vida y he dado la vida por ellas", dice este leonés que se alistó al oficio contra viento y marea de su padre con 15 años y ha superado obstáculos físicos como la cojera que arrastra de la polio y un cáncer de mama

Pepe en la majada de Quintanilla de Babia de buena mañana, cuando el rebaño sale para el puerto.dl

León

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Pepe, José Antonio Fernández, soñaba desde niño con ser pastor y bajar con las ovejas desde Los Barrios de Luna a la ribera. Andaba con su abuelo, de los Pisanes de Los Barrios, que siempre tuvieron ovejas, y por más que su padre quería quitarle la afición no pudo. «A mi padre no le gustó el ganado, ni vacas ni ovejas ni cabras. Se metió cartero y se desentendió».

A Pepe le mandaron a los Maristas a León y al instituto a La Robla, pero se negó a estudiar. «La vida mía eran las ovejas». Un día le dijo a su padre que sacaran las ovejas y las cabras de la vecera (el rebaño que se guardaba por turnos en el pueblo) para guardarlas él. «Me dijo que ni hablar, que era imposible porque soy cojo». «Piensa en el día de mañana qué va a ser de ti», le insistía el hombre. Sufrió la polio de pequeño, con apenas un año y medio, y arrastra una cojera que no le ha impedido cumplir su sueño o practicar aficiones como montar a caballo. Con ganas y esfuerzo se consigue todo.

Pepe, con gancho y zurrón.DL

Pepe, el de Los Barrios, cumple cincuenta años en el oficio: «Llevo más años que tengo desde que empecé con las ovejas». Ahora tiene un rebaño de 2.000 cabezas y dos pastores con los que puede mantener la trasterminancia entre Villamarco, donde pasan el invierno, y el puerto El Pando de Quintanilla de Babia que arrienda durante el verano. Pepe es un caso de éxito —y no lo niega: «Me han ido bien las cosas»— contra viento y marea. «En casa todo eran trabas. Yo tenía 15 años y veía a José Morán, que se había criado conmigo, que andaba con las ovejas de su tío Primitivo», relata.

Cuanto más se lo negaba su padre, más empeño ponía el chaval. Un día le preguntó al señor Manuel, «que tenía 16 ovejas cornudas, no se me olvida los años que viva», si las vendía. Y fue a su padre con la oferta. «Papá, hay que comprarle las ovejas a Manuel», le dijo. «¡Ni se te ocurra!», fue la respuesta del padre, aunque al final cedió y pagó las 14.000 pesetas.

«Así fueron mis comienzos». El gusto por las corderas cornudas no lo ha perdido. «Cordera que nace cornuda, cordera que queda», afirma. Su empeño era bajar a la ribera y al principio lo hizo dos años como pastor para otro ganadero. «Luego compré otras pocas más y pasé el primer año solo en El Carrizal (Barrio de Nuestra Señora), fue un invierno y una primavera muy malos y marché pronto para Los Barrios».

 Después bajó tres años a Villahibiera, otro tiempo estuvo en Fresno de la Valduerna y luego en San Mamés. En verano, durante muchos años aprovechó los puertos de Mallo y Cosera en Barrios de Luna, después Torrestío y La Majúa y finalmente Quintanilla de Babia. «Andando en un sitio y en otro fui juntando ovejas y con 50 años las vendí. Compré yeguas y estuve cinco o seis años, pero la idea de toda la vida eran las ovejas. He dado la vida por ellas».

Esquilando una oveja en otro tiempo.DL

Contra viento y marea —esta vez era su mujer, Laura, quien le decía: «No compres ovejas»— volvió al oficio. «Hubo unos años malos con las yeguas y acabaron con todo. Con las ovejas no pasas falta de nada», sostiene. Compró 25 corderas y volvió a empezar. «Cogí el coche y empecé a buscar. Primero estuve en Azadón dos años y luego en Riego del Monte, donde conocimos a un paisano que me dijo que fuera a Villamarco, que era buen pueblo. Y allí estamos desde hace nueve años».

En mitad de la pandemia, a finales de 2020, fue diagnosticado de un cáncer de pecho. «Había notado un bulto pero no le di importancia, fue a raíz del golpe de una oveja que se me subió cuando le pregunté a Jesús, un amigo médico, porque me dolió mucho».

En menos de un mes estaba diagnosticado y operado. «Me operaron el 4 de enero de 2021 y estuve solo en el hospital porque con el covid no dejaban estar a nadie», recuerda. Laura, su esposa, quedó con las ovejas con la ayuda de un pastor amigo ya retirado, Juan. «Estuve seis días en el hospital y cuando llegué a casa, al día siguiente metí el drenaje en una bolsa de plástico, lo até al cinto y marché con las ovejas».

Pastoreando en Villamarco las rastrojeras.DL

«Juan iba el día que me daban la quimio, es para mí como un hermano». Pero al día siguiente allí estaba Pepe con la bolsa del drenaje atada al cinto. «Doy la vida por ellas», repite el hombre.

El 31 de agosto, Pepe cumple los 65 años. «Quiero seguir si puedo, mientras me encuentre bien, voy a seguir. ¿Qué hace un hombre parao todo el día?», se lamenta.

En verano, los pastores que tiene contratados se ocupan de las ovejas en el puerto. La nave es el territorio de Pepe. La época de la paridera es una de las más duras. Las ovejas de su rebaño suben preñadas y bajan a finales de agosto o primeros de septiembre cuando están a punto de parir. «Ahora tenemos coches y tenemos de todo, no es como antes», señala.

Hasta con el lobo ha tenido suerte. O mastines. «El año pasado, en Villamarco, mientras cosechaban vieron dos lobos mirando para las ovejas a 500-600 metros». «Tenemos que convivir con él. Tenemos que tener ocho mastines más de la cuenta, pero tenemos que convivir». La pregunta es, dice Álvaro Álvarez, presidente de la Asociación de Criadores de Ganado Merino, «¿cuánto dinero invierten los ganaderos para mantener al lobo?». Siete mil euros al año, dice Pepe.

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En la nave de Villamarco, su 'reino'.DL

El chico que quiso ser pastor y lo consiguió contra viento y marea dice que, cuando vienen mal dadas, dice que no tiene miedo. «Me lo quitó mi padre de padre de pequeño». Recuerda cuando «me mandaba ir a regar el prao y me decía: si mañana voy y no está el agua, te mato. Yo tenía miedo porque iba con el perro y había un paisano que andaba por allí y si nos oía, a lo mejor me quitaba el agua». Es parte del puñado de pastores y pastoras trasterminantes, apenas una veintena, que sostienen una actividad catalogada de Patrimonio Mundial Inmaterial por la Unesco. Lo irónico es que sus mantenedores sufren la burocracia, el olvido de las cañadas y poco aprecio social. Van contracorriente y para Pepe, el de Los Barrios, ser pastor es su galón.