El 'equipo salvavidas' para el riesgo de suicidio en León
Cuarenta personas que pensaron en quitarse la vida son acompañadas por la unidad especializada del hospital Santa Isabel desde mayo
Antonio Serrano, jefe de Psiquiatría; Yeray Barrera, responsable de la unidad; Marina Sánchez, enfermera especialista y Lucía Bermejo, EIR de Psiquiatría.
La alerta suena en urgencias. El psiquiatra de guardia acaba de activar el protocolo de riesgo de suicidio de una persona adulta. A partir de este momento echa a andar el circuito de la Unidad de Atención a la Conducta Suicida y Depresión Resistente del Caule (Complejo Asistencial Universitario de León).
Desde hace cinco meses la alarma ha saltado en cuarenta ocasiones. Y el circuito ha funcionado. Cuarenta personas viven con menos sufrimiento y han abandonado la idea de quitarse la vida desde que, en mayo, un equipo multidisciplinar empezó a acompañar con un plan de atención integral a personas en riesgo de quitarse la vida.
El ala derecha de la planta baja del Hospital San Isabel se ha transformado, con fondos del Plan de Acción de Salud Mental del Ministerio de Sanidad —60.000 euros— y el equipo multidisciplinar de Sacyl, en un espacio de atención y seguimiento a los casos derivados desde las urgencias psiquiátricas.
El viejo centro, un edificio de los años 60 que alberga unidades de referencia autonómica y provincial en salud mental, se renueva con esquemas de trabajo adaptados a las necesidades del siglo XXI.
Uno de estos servicios de la nueva psiquiatría leonesa responde a la necesidad de abordar el suicidio, un problema de salud pública que causó 3.808 muertes en 2025 —34 en la provincia de León—, según el Instituto Nacional de Estadística (INE).
Atajar la conducta autolítica y suicida es una de las estrategias sanitarias que priorizan el Plan de Acción para la Prevención del Suicidio (2025-2027) del Sistema Nacional de Salud.
La enfermera Marina Sánchez y la EIR especialista en salud mental Lucía Bermejo.
Un psiquiatra, un psicólogo, una enfermera especializada en salud mental y una trabajadora social forman el paraguas de acompañamiento a pacientes del área de salud de León.
La premisa es la atención rápida —máximo de 72 horas, aunque lo habitual es menos de 24— y seguimiento intensivo durante tres meses por los diferentes profesionales.
Una vez que el psiquiatra de guardia activa el protocolo de suicidio y la unidad recibe la alerta, la enfermera especialista, Marina Sánchez, realiza el primer contacto con el paciente por vía telefónica y le cita con el psiquiatra, Yeray Barrera, que realizará una entrevista en profundidad para valorar el caso.
«Son entrevistas muy duras, de mucha carga emocional», precisa el psiquiatra responsable de la unidad Yeray Barrera. Durante una hora se habla abiertamente de todo lo que siente y vive la persona.
Después llega la consulta con el psicólogo, Raúl Merino, que ofrece terapia cognitivo-conductual. La trabajadora social, Victoria Mozos, se ocupa de las necesidades sociocomunitarias o familiares de la personas, ante situaciones de vulnerabilidad como puede ser la violencia de género, problemas económicos, laborales o de consumo de drogas. El equipo se reúne semanalmente para poner en común la situación de cada caso.
Pasillo del ala de Santa Isabel donde se ubica la Unidad de Atención a la Conducta Suicida y Depresión Resistente.
El suicidio es un asunto muy complejo. «No siempre tiene que ver con trastornos mentales», precisa el psiquiatra. Trastornos adaptativos o expresividad emocional intensa por problemas laborales y, sobre todo afectivos que provocan situaciones de desbordamiento emocional, pero también personas con depresión severa, trastornos de personalidad o consumo de drogas son algunas de las características de los pacientes atendidos.
«Son necesarios medios para conseguir la normalización psicológica y psíquica, pero también entran variables sociales y especialmente el sentimiento de vacío que hay en la sociedad actual», añade. Ahí entra la labor del trabajo social.
El equipo se completa con una enfermera residente que se especializa en salud mental, Lucía Bermejo. «Que exista esta unidad me ha permitido quedarme en León porque tenía interés en el tema», explica.
La unidad garantiza una atención individualizada, «un traje a medida» para cada persona. No se trata únicamente de recetar un fármaco. Reforzar las redes de apoyo comunitario, trabajar estrategias de afrontamiento o entrenar rutinas forman parte de la estrategia para reducir el sufrimiento que deriva en ideas suicidas. La labor implica coordinación con centros de salud, servicios de urgencia y centros de atención social (Ceas), además de otros recursos comunitarios, para generar «anclajes» con la vida. El tratamiento intensivo se prolonga durante tres meses, con revisiones a los seis y a los 12 meses y seguimiento por los equipos de salud mental.
Yeray Barrera en el despacho de psiquiatría de la unidad.
«La atención es intensiva pero no debe prolongarse demasiado, hay que reforzar roles sanos», apuntan. «No tenemos seguridad ni certeza de que vayamos a evitarlo siempre. El éxito se irá viendo», aseguran. «La unidad es un avance muy importante respecto a la conducta suicida en el área de salud de León», afirma el jefe de Psiquiatría del Caule, Antonio Serrano.
«Aquí se sienten muy acompañados porque, por desgracia, la atención sanitaria tiene periodos de atención demasiado largos», admiten. El programa de León se inspira en el que aplica el hospital Marqués de Valdecilla, que se considera un referente en atención a la conducta suicida en España. «El objetivo es evitar el sufrimiento», recalcan.
Cuando se habla de suicidio el entorno suele desviar la conversación por un erróneo instinto de protección. Pero el silencio, ante el suicidio, es contraproducente, advierte Serrano. Dar espacio para hablar a las personas que han tenido ideaciones suicidas es el primer paso para sanar y mitigar el dolor psíquico y emocional que produce. La culpa y el silencio que muchas veces acompaña a las personas empeora el cuadro.
No quieren afirmar que han salvado 40 vidas. «Podemos decir que 40 personas han sufrido menos» porque «no sabemos qué hubiera ocurrido sin nosotros». En el futuro, planean formar grupos y realizar trabajo con familias.
Jardines de Santa Isabel desde la ventana de una sala.
Serrano destaca el apoyo de la gerencia y las direcciones médica y de enfermería del Caule, al igual que el compromiso del equipo, que también atiende a pacientes con depresión resistente que reciben tratamientos (fármacos hospitalarios) en una sala de la misma planta.