La inmensa sima fue inaugurada ayer por el Centro Europeo de Investigación Nuclear entre Suiza y Francia
Una caverna de 27 kilómetros recreará los primeros segundos del universo
La cueva albergará en el 2007 el mayor acelerador de partículas del mundo
Al principio, no había nada. El principio es el del Universo y tiene unos 13.500 millones de años. Y la nada incluye todo: ni tiempo, ni espacio, ni materia. En ese Génesis científico, que apenas coincide una línea con el bíblico, de repente se produjo un brusco cambio: una gran explosión (el famoso Big Bang, según la teoría nacida en los años sesenta y comunmente aceptada) marcó el rumbo de la supuesta placidez universal y las cosas empezaron a fluir hasta hoy. No es extraño, por tanto, que el hombre haya tratado de saber, desde siempre, qué pasó en ese instante crucial. Por qué y cómo se crea la masa, cómo surgen las fuerzas que todo lo sostienen. Es posible que, desde hoy, algo de esta búsqueda ancestral tenga más posibilidades de solucionarse. Porque ayer se inauguró en el Centro Europeo de la Investigación Nuclear, el CERN, y en concreto en el anillo que le da casi razón de ser, el Gran Colisionador de Hadrones (LHC, su acrónimo en inglés), la caverna que alberga el Atlas, un inmenso detector _más o menos, como cinco pisos de alto_ que analizará los brutales choques entre partículas que reproducirán, o así se espera, esos primeros instantes del Universo. Cómo fue La secuencia es la siguiente: en ese Génesis galáctico, tras producirse la explosión comienza una colosal expansión de la energía. Uniforme, al principio, muy simétrico, como una bola sobre una montaña. Y en un instante, se decanta hacia un lado u otro. Una especie de inseminación, en la que empiezan a conformarse los caracteres de los futuros mundos. La simetría se rompe, nacen las primeras partículas (los quarks) y otras. La energía se va convirtiendo en masa y la fuerza única que todo lo gobernaba se dividirá en las cuatro grandes fuerzas que se conocen: la gravitatoria, electromagnética, la débil y la fuerte. Esa energía se irá enfriando y aparecerán elementos cada vez más complicados, más complejos. La ciencia siempre se ha preguntado de dónde surgieron esas cuatro fuerzas y de dónde la masa. Y ahí surge Atlas, nombre capturado del gigante griego que sostenía la bóveda celeste sobre sus hombros aunque en tiempos mucho más recientes, los de la Grecia clásica. El Atlas del CERN trata de analizar las condiciones iniciales del Universo previas a la formación de la masa. Para lo que se precisa mucha energía. Ahí entra el gran acelerador de hadrones (sobre todo, de protones: un protón es un hadrón), el LHC: se aceleran, a una velocidad muy próxima a la de la luz, en un gran anillo y se provocan choques entre ellos, creándose un inmenso mundo invisible con las claves básicas del Universo. Lleno de energía porque, cuanta más se obtenga, más se acerca uno a las esas condiciones iniciales. El Atlas sirve para ver qué pasa. Los efectos, el rastro. Y se deduce cómo empezó todo. Por otra parte, un equipo formado por científicos españoles y americanos, integrado por Agustín Sánchez-Lavega, Santiago Pérez-Hoyos, José Félix Rojas y Ricardo Hueso, de la Universidad del País Vasco, y Richard G. French del Wellesley College en Massachussets, ha detectado, usando imágenes del Telescopio Espacial Hubble (HST), una inusitada reducción en los vientos de Saturno, uno de los planetas con vientos más intensos. Los vientos ecuatoriales de Saturno se han reducido a la mitad .