SOSERÍAS
Observaciones al observatorio
Una palabra se ha puesto de moda en ese lenguaje político que padecemos y que tan dulcemente induce al sopor. Se trata de "observatorio", hasta hace poco vocablo reservado a las predicciones meteorológicas y ahora ampliado a variopintas cuestiones. Si en el seno de esa apacible vida en común que es el matrimonio, se sacuden sus integrantes con convicción, se pide crear un observatorio de los matrimonios que se zurran, y si los precios de los cacahuetes y de las mandarinas andan como han andado toda la vida de Dios, es decir, a su aire, subiendo y bajando como tetas pingües de mujer que jadea, la solución se halla en crear un observatorio de los precios de los frutos secos y de los jugosos y así seguido. Confieso que no entiendo el asunto porque la idea deobservatorio evoca atención, sí, pero también ciertososiego, una calma depurada para advertir loobservado. El observador es un voyeur laico y estesabemos que acecha, controla, curiosea, merodea, peroal final no hace nada relevante pues acaba en la frustración del onanismo que es una forma insolente del egoismo. Nada más alejado de lo que se proponen quienes reclaman la creación de un observatorio, individuos altruistas, dispuestos a la acción rápida, prevenidos para intervenir donde anide la injusticia o algún desorden. Por eso al observador le da igual no observar la ley porque desea ir más allá de su contenido, reformarla, modernizarla, ajustarla a las nuevas circunstancias. El observador no quiere ser un simple espectador, palabra que puso de moda Ortega, aunque Unamuno le llamara burlonamente el "expectorador". No, el observador es un acusica que quiere chivarse en seguida de lo que ha visto, porque así lo exige su ánimo debelador y justiciero. Se ha llegado al dislate de pedir un observatorio de la vida municipal y esto es justamente lo que creíamos muchos que era el Ayuntamiento, pero sin duda andábamos descaminados. En la plaza principal, frente a las Casas consistoriales, habrá que instalar un observatorio, y así aquellas observarán a este y este observará a aquellas en un festival interminable de observaciones y vigilancias mutuas, inútiles pero buenas para pasar el rato, que es de lo que se trata en esos pueblos dormidos como una amante satisfecha. Los observatorios tradicionales que no han sido superados son dos. De un lado, la Iglesia, observatorio histórico de los pecados. Nunca ha necesitado la torre altiva pues para eso disponía del confesonario que es una humilde garita, parecida a las de las fortificaciones donde se monta guardia para defendernos de los enemigos (que la garita está pensada para que no se vaya al garete la patria). Es más, sabemos, desde la lectura de la Regenta, que en el confesonario el cura ha levantado siempre la planimetría de esa sucesión eterna de fornicaciones que es la vida espiritual de un pueblo sano y en sazón. Y observatorio era también aquel cuarto que antiguamente tenían los porteros para advertir si la del tercero izquierda se la pegaba al marido con el farmacéutico de guardia o simplemente con el guardia. Pero estos observatorios, ay, no volverán. Definitivamente rara suena la promesa que el gobierno marroquí ha hecho de crear un observatorio de la emigración, es decir, para contabilizar los niños con mocos que se meten en las pateras con sus madres y sus congojas plegadas en las chilabas y escapar así de los hechizos de la tribu. Y digo que es raro porque ya disponen de los minaretes y de los muecines para vocear el tráfico infame. No hace falta más porque desde los de Casablanca se ven, en los días claros, hasta nuestros minaretes más preciados, como el Micalet de Valencia y la Giralda de Sevilla, con ese giraldillo, guinda y centinela a un tiempo, que cantó el poeta Villalón. Y, con un poco de atención, hasta esta columna se atisba, mi propio observatorio. Estupendo porque no veo nada.