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VICTORIANO CRÉMER
León

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MANUEL Martínez era, es, uno de esos leoneses que, como de milagro aparecen en escena y demuestran, en solitario, que son capaces de escalar el Everest o de lanzar a más de veinte metros una tremenda bola de hierro. Manuel Martínez, por su constancia, por su vocación y por sus propios impulsos bien dirigidos, alcanzó el grado supremo como lanzador de pesos. Manuel Martínez se había convertido en campeón. Y su figura, arrancada del contexto corriente y moliente de una Ciudad más bien tirando a nada, se convirtió en seductora meta para los cazadores de candidatos con futuro. Los alquiladores de los partidos recorrieron los mercados cuando llegó la hora de la formación de reatas para la feria política, y alguien, o más sagaz o más malicioso que sus rivales, fijó su mirada en Manuel Martínez, un deportista de primera línea, hombre ponderado e inteligente, para el cual, entre otras vinculaciones y oficios, disponía de una rara clarividencia a la hora de la verdad. Como los toreros de sangre, este deportista de raíz, sabía lo que quería y lo que desde el puesto que le brindaban, podría hacer. Y aceptó la inclusión en la candidatura de una de las facciones políticas dispuestas para la pelea. Y a todos nos pareció bueno que por una vez siquiera se le hiciera un hueco a un hombre sensato, que aportaba al ferocísimo deporte de la política local, honestidad, conocimiento y voluntad de futuro. No pudo ser. Al cabo de cierto tiempo, y cuando la voluntad popular se inclinó por derroteros distintos a los marcados por el equipo reinante, Manolo Martínez pasó a formar parte de esa mísera muchedumbre de personajes destinados a hacer bulto, a obedecer ciegamente y a cultivar el halago, que a tantísimas fortunas conduce. Y se dio cuenta de que no le estaba permitido desarrollar todas o parte al menos de sus iniciativas deportivas. Pensó desde el primer momento que el Ayuntamiento podía ser y teóricamente lo era, una pista de lanzamiento desde la cual poner en el punto claro de la victoria de los campeones sus proyectos. Cuando se convenció de que no era así, de que su función quedaba limitada, recortada hasta quedar en un número de la lista, presentó la dimisión. Y esto es lo verdaderamente original: Que alguien metido en política por acción, por devoción o por casualidad dimitiera, convencido de que los rumbos de la administración no eran ni mucho menos aquellos que él se había forjado. Ni podía ni le dejaban. Y dimitió. Y las buenas gentes de la Ciudad repasando razones y sinrazones, llegó a la sabia conclusión de que éste debiera ser el comportamiento leal de un político de conciencia. No tengo el gusto de conocer a Manolo Martínez, pero de todo corazón le agradezco la lección que se ha dignado dictar para general conocimiento de tantísimo aprovechado de los vientos del sur, y mediante la cual, si de verdad es aprovechada puede dotarnos de un sentido mucho más honesto de la política local. Así hasta que acabemos con todos los gitanos que van por el monte solos.

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