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ESTHER ESTEBAN
León

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LOS DATOS son terribles y alarmantes. No dejan lugar a dudas: en el último año, en nuestro país ha aumentado en un 44 por ciento el número de mujeres que han sido asesinadas a manos de sus parejas y de ellas un 75 por ciento no habían denunciado jamás a sus agresores. La violencia de género es un hecho brutal, antidiluviano, impropio de la sociedad avanzada en la que vivimos pero es un hecho cierto y cada día más dramático con el que, tengo la sensación, de que nos estamos acostumbrando a convivir. Un día sí y otro también aparece la noticia de que una mujer ha sido asesinada brutalmente por su compañero o que un canalla cualquiera ha asesinado a sus hijos pequeños para vengarse de su pareja. La comentamos, nos escandalizamos y a otra cosa... Algo muy grave le pasa a nuestra sociedad cuando ni los poderes públicos ni las acciones individuales son capaces de encontrar fórmulas efectivas contra el terrorismo doméstico y éste, lejos de disminuir, aumenta cada año de manera alarmante. La explicación es que las mujeres estamos pagando con nuestra propia vida el precio de nuestra independencia, de nuestra autonomía respecto a los varones que no se resignan a ninguna relación que no sea las del sometimiento o la sumisión. Si esa es la causa si seguimos viviendo en un mundo lleno de prejuicios, de indiferencia o paternalismo si el machismo sigue creciendo y desarrollándose de forma sutil pero inexorable todos deberíamos entonar el mea culpa. La Administración, porque ha sido incapaz de poner en marcha medidas realmente eficaces, tanto políticas como legislativas o judiciales que sirvan de escarmiento a los maltratadores y de protección a las víctimas; los jueces, porque no imparten justicia y siguen aborchornándonos con algunas sentencias impresentables y la sociedad, todos nosotros, porque seguimos siendo permisivos con este tipo de cuestiones a las que consideramos íntimas o familiares y sobre las que miramos hacia otro lado. Los malos tratos deben dejar de ser un tema familiar para ser una cuestión social que nos incumbe a todos y mientras los maltratadores no sean repudiados socialmente, denunciados policialmente y juzgados con todo el peso de la ley, tienen en la impunidad un terreno bien abonado. ¡Maltratadores fuera! ¡Basta ya!

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