Las personas con escasa formación obtienen resultados propios del alzhéimer aunque no padezcan la enfermedad

El bajo nivel educativo dificulta obtener los diagnósticos de demencias

Los exámenes permiten al médico saber si el enfermo sufre alguna enfermedad mental

Unos ancianos practican su juego favorito de mesa, el dominó

Publicado por
Mar Gil - redacción
León

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Las carencias educativas son, en ocasiones, una cortina de humo a la hora de detectar demencias en ancianos. Los sistemas diagnósticos que se utilizan en España, importados de la metodología anglosajona, parten de una realidad social, cultural y de unas características demográficas e históricas que en absoluto se corresponden con las circunstancias de las personas más mayores de España. La necesidad de realizar ajustes y el deseo de minimizar el riesgo de error han llevado a un equipo de psicólogos, psiquiatras, médicos residentes y neurólogos de centros sanitarios de España a plantearse la posibilidad de adaptar la técnica diagnóstica internacionala. El primer objetivo de la investigación es claro: adaptar al idioma -mayoritariamente en español- y, sobre todo, a la realidad sociológica, una de las pruebas británicas más utilizadas para el diagnóstico de demencias, la Aceve, que, a su vez, complementa y perfecciona la más amplia y difundida Mini-Mental Status Examination. Estos exámenes tipo test permiten al médico diagnosticar si un enfermo padece algún tipo de demencia y, más específicamente, diferenciar si la patología es demencia frontal o mal de Alzheimer. Las pruebas incluyen cuestiones que, en buena medida, están relacionadas con el nivel educativo de los pacientes. Y ahí surgen los problemas. Un paciente, explica el psiquiatra Alejandro García Caballero, puede no saber dibujar un cubo, pero no porque padezca problemas de demencia, sino porque nunca lo ha hecho ni se lo ha planteado. Y eso sucede con muchos otros elementos de juicio. De ahí, añade, la necesidad de adaptar las pruebas a las circunstancias del grupo poblacional al que se dirigen porque, «si no -insiste-, corremos el riesgo de sobredimensionar las patologías ya que no hay que confundir la falta de conocimientos con la enfermedad». Ese primer objetivo está cumplido. La validación de la escala valorativa británica se ha realizado de modo empírico. Las trampas Las pruebas que se realizan parecen indicar que es necesario estar escolarizado para poder duperarlas y no mostrar ningún tipo de enfermedad mental. Una de las pruebas que se realizan se llama el cubo, que consiste en dibujar un cubo, que es un ejemplo clásico para demostrar la influencia del nivel educativo en los resultados de las pruebas diagnósticas. Reflejar tres dimensiones requiere práctica y un mínimo aprendizaje que muchos ancianos no han podido realizar. Su imposibilidad para plasmar no debe ser considerado un síntoma de demencia sino una carencia formativa. Otra recibe el nombre de las cinco y diez. El reloj es otra referencia trampa. Los métodos diagnósticos ordenan dibujar una esfera y señalar en ella una hora, las cinco y diez, por ejemplo. Aunque se da por hecho que todo el mundo sabe leer la hora, el dibujo es, en realidad, una tarea escolar y fijar el minutero en el número dos para indicar el concepto «y diez» no es tan fácilmente asimilable si no hay una formación básica. Y la última, el correo. En ella el médico le da al paciente una dirección de correo a posible paciente; le obliga a repetirla tres veces y a los cinco minutos le pregunta qué recuerda. Una persona sin base educativa, que carezca del archivo escolar de cómo se estructura una dirección, fallará.

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