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OLA, ola de barcarola, mecida música de rítmicas olas, olas de nácar en esas playas de Adanán donde la brisa es índica, ole las olas, ole, y olé, ondiñas venen, ondiñas venen y van.... Y vino una ola de frío arreando cachete a la mejilla, espabilando resacas, y después un sol radiante que lo abrillantó todo luciendo el paisaje poco frecuente de una ciudad medio apresada por un cobertor espeso de nevada guapa y tente en casa, ni te muevas, al sofá, aquí sitiados, a barajar, a echar la mañana a perros y la tarde también, a rebozarse de tele hasta el vómito, mira tú qué bien, alegría, pon la radio, Inés, que estamos incomunicados en plena capital, baja al kiosko por la prensa y ten cuidado de no matarte en un resbalón, pues no hay periódicos, Paco, ¿y todo eso que traes?, acopio de revistas, que viene otra réplica y seguro que vuelve la nieve a bloquearnos. La manta blanca lo hizo todo hermoso y extraordinario. Pero la nieve, dijo aquella paisana en Lucillo, la nieve es negra, ¿negra?, papurria de barro, parroquia de lodos, nieve manchada de suelo y de ciudad, engorro y bloqueo, pena negra para muchos, aunque los críos jalean cada copo con las narices pegadas al cristal de la ventana rompiendo la paz del hogar y potreando. La ola indonesia fue otra, ola de nácar, pero con vómito de lodo negro, devastación que puso autocares y casas a hacer surf en la ladera de una montaña de agua que recorrió el Índico a una velocidad endomoniada barriendo toda costa con calderada mortal como nunca vieron allí, un maremoto con ganas de aniquilar. Lo hizo por sorpresa, a traición, fue un zambombazo elegido para Nochebuena como villancico del destino puesto en tierra de musulmanes o hindúes idólatras, gente pagana y lejana, rostros habituales en este tipo de tragedia bestial con hecatombe. Las televisiones occidentales acudieron a buscar a los suyos, era la noticia, turistas blancos arrollados por dragones del mar enloquecidos. Delante del televisor, calentita junto a la mentira y los anuncios, una buena señora exclama su horror ante playas enmarañadas de muertos y leña muerta, y dice: cariño, hay seis turistas españoles desaparecidos; y digo yo qué necesidad tenían de ir tan lejos a celebrar algo tan cercano. Bueno, mujer, pero hay sesenta mil muertos. ¿Y qué? ¿Los conocías?... Cambia de canal.

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