Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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HACE UNA SEMANA murió en Somosaguas (Madrid) la que fue considerada mujer más guapa de Ponferrada, la más bella del Bierzo, la mujer más linda entre tantas mujeres lindas que nacieron a las orillas del Sil. Ella, que fue hija única, lo hizo en el seno de una familia humilde y virtuosa. Familia de feriantes, gente que iba y venía. Que se acostaba pronto y se levantaba muy temprano. Esta mujer se llamó en la vida de los hombres (sobre todo en la de los hombres) Ada Sabor y Benuza; y su padre era de Porqueros-Villagatón, y su madre del barrio ponferradino de San Andrés. Yo la conocí en 1980, en un viaje que hizo Ada Sabor a la ciudad natal. Entonces ya era una señora mayor, pero muy hermosa aún, el pelo largo y negro, los ojos verdes, las manos finas, las muñecas como un dedo, los dedos de cristal, las orejas casi inexistentes, el andar de gran actriz de paso por Cannes. Y la esbeltez de cuento y la mirada de pena. Porque era la mirada de Ada Sabor el día del entierro de su madre, doña Crisanta Benuza, que para eso vino a Ponferrada. Ataviada con aquel traje color carne que tantas críticas levantó. ¿Qué había hecho de su vida entonces, hace tantos años ya, Ada Sabor y Benuza? Yo creo que lo había hecho todo. Había hecho muchas veces el amor y la guerra del amor; había destrozado a tantos hombres; había enaltecido a muchos otros. Había jugado en casinos; había arruinado familias; había viajado por mundos y hoteles, por cuerpos y músicas, por perfumes y noches, por caprichos y llantos. Había sido ella y había sido otras mujeres que también eran ella, incluso una muy piadosa, aunque nunca arrepentida: una que lloraba y lloraba delante del altar, también detrás. Ada Sabor y Benuza, que se fue a estudiar bellas artes a Madrid cuando tenía veinte años, había sido la musa de novelistas pobres, de poetas aún más pobres, y de dramaturgos poco ricos. Había sido la barragana de generales de Franco, y de uno de sus ministros más católicos; y luego la amante simultánea de un coronel americano aviador en Torrejón y de un industrial vasco que importaba maquinaria de Silesia. Ada Sabor y Benuza también había sido el paño de lágrimas de una marquesa, de otras. Y la transitoria amante de esa marquesa, ya no de las otras. Y, sobre todo, «había roto el tiempo», tal y como decía en una entrevista que concedió Ada Sabor al periodista ancarés Sixto Luintra, incluida en su libro Conversaciones con Bercianos Ilustres (Madrid, 1989). «Porque fui todo lo que se puede ser y me cansé», continuaba ella. «¿Y por qué te cansaste?», le preguntó Sixto. Entonces Ada Sabor y Benuza (que se había puesto la «y» en medio de sus apellidos a instancias de una de sus marquesas amigas) dijo que se cansó de ser ella, que se había agotado de su caudal de vida y de esencia, de identidad, de todo. Y añadió algo terrible: que también pensaba cansarse cuando estuviera muerta, y que, por ello, le esperaba el peor de los destinos. «Porque la muerte no acaba», le dijo Ada Sabor a Sixto Luintra, cerrando la entrevista. Yo me pregunto ahora: ¿amó alguna vez a algún hombre Ada Sabor y Benuza; lo amó profundamente? Y yo creo que sí. Que quiso a uno, nada más que a uno. Yo le conocí y no diré su nombre porque todavía vive. En Madrid. Y es importante, y viejo. Un hombre de dinero y de delitos. No digo más. Pero ahora vuelvo a la Ada Sabor de mi infancia, cuando era un mito. Cuando nunca venía al Bierzo, cuando decían que se acostaba con el Rey Faruk, con Luis Mariano (qué raro), con Hemingway, con toreros famosos, con banderilleros a veces... Vuelvo a aquella emoción pequeña. La de saber que era paisano de una mujer tan guapa, tan adorada, tan hermosamente loca. Ada Sabor y Benuza. Que no dejó hijos, pero que dejó momentos. Instantes que fueron eternos durante algunos minutos... Nota de redacción La columna «Los gatos príncipes» publicada ayer en esta misma sección, corresponde a Luis Artigue y no a Victoriano Cremer, como figuraba por error en la cabecera.

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