CORNADA DE LOBO
La desnudez
CUENTA Sánchez Albornoz en su fabulación sobre León hace mil años que cerca de Villa Habibi y Villa Zulema -eco magrebí en dos poblados mozárabes que estaban de Villaobispo pallá, en Las Regueras- había un anacoreta alojado en alguna cueva de sus cárcabas arcillosas que bajaba cada día a hacer oración al río subiéndose a un piedrángano enorme en medio de la corriente para elevar al cielo sus preces de pie y totalmente desnudo, en bolas, en gesto de absoluto desprendimiento y de hacerse nada, que es la categoría metafísica a la que aspira todo asceta que se tenga por tal. Buscaba el equilibrio, pero le tenían por desequilibrado. Los anacoretas del primer cristianismo eran aún más chocantes, se subían de por vida a una columna, rebozábanse en excrementos, dormían en una tumba o se sangraban a latigazos hasta parecer saco de cuero vacío. Oh paradoja, atentando contra el quinto y matándose, cambiaron el don que iba ante su nombre por un san. El historiador don Claudio no añade más del personaje, así que siempre me tentó ir de averiguaciones o conjeturas sobre ese iluminado que no se escondía y rezaba en pelotas. Seguramente vivía de viandas míseras y presentes de gentes benditas que le tenían por santo, loco inocente, puente de milagros. Pero ¿quién era, de dónde vino, qué buscaba, por qué llegó a la conclusión de «no hay con quién»?... Empecemos por el final: murió de un cantazo, digo yo, que le arrearon unos chavales; no le atizó la pedrada, pero al esquivarla se desequilibró y cayó del piedrángano descalabrándose. No hubo pesquisas. Difunto que Dios perdone. Aquellos guajes fueron azuzados por monjes y párrocos del lugar para que se burlaran y le acosaran. Cenobios y cepillos se veían amenazados por un ermitaño que mostraba más fe y coherencia cristiana que ellos, más milagrería. Perteneció a uno de los conventines mozárabes, pero vio abandonarse la observancia con tantos bienes reales y tierras regaladas o heredadas. Malo. Tanto jarro y tanta barragana traían la degeneración: y se fue por libre. Feo asunto. Veía al anticristo en la panza del abad. Optó por la denuncia profética. La cagó. Murió olvidado sin esclarecerse o penar su muerte y ya jamás nadie le haría santo, ni siquiera un Wojtyla canonizador con diez pedreas de beatos. ¿En qué cielo estará?