CRÉMER CONTRA CRÉMER
Invierno para lobos
LO DEL IMPÍO invierno leonés, que comienza en diciembre, según la mujer del tiempo, y termina cuando Dios quiere, no deja de ser una leyenda, porque ni es tan crudo ni tan nefasto para los intereses y vocaciones de los indígenas y sus correspondientes inmigrantes, llegados a veces de tierras infinitamente más perniciosas para la salud del cuerpo y gozos de las almas. En invierno, como dice la copla erudita hace frío, porque León, teniendo en cuenta sus antecedentes y apostolados es un pueblo pintoresco «que en el invierno hace frío/ y en verano sopla el fresco». Lo que suele suceder con el invierno leonés, como con el ceremonial de las cabezadas, es que cada uno cuenta del invierno según le va en él, y como por lo regular y salvo excepciones que confirman la regla, no suelen ser muy venturosas las biografías de sus habitantes, inventa frases como cuchillos y siente una cierta satisfacción vengativa cuando lanza al aire frío lo de que el clima de León es un clima únicamente apto para bueyes y para algún que otro canónigo, que diría Rosales, aquel maestro de la diatriba que dominó durante muchos años el ingenio leonés. Pienso, pensamos algunos de los leoneses recalcitrantes, que esta parcela entrañable de la geografía hispánica, además de merecer una misa, se le debiera atribuir el elogio que se merece, por sus muchos años de resistencia a los manejos de tantísimos políticos como en su prolongada historia han contribuido a su despojo histórico y económico. Y se supone, se sospecha, que esta rehabilitación de León debe comenzar por establecer los verdaderos límites de su climatología: león ni es tan frío como le pintan ni tan invivible como se le supone. Merece la pena vivir en León, hasta en invierno, y lo que se hace necesario es que los señores y las señoras que nos gobiernan y enjuagan realicen todo el esfuerzo de que sean capaces para conformar una figuración de la Región Leonesa, incluyendo sus capitales más emblemáticas, para proyectar sobre la gran pantalla universal el perfil verdadero de un lugar codiciadero que fuera en sus tiempos más brillantes y resonantes, cuna de heroicos paladines, de eminentes eruditos y de trabajadores de la tierra, que dejaron escrito el gran memorial de los gozos y las sombras de León. Nos tememos los hombres que tal vez fueran indispensables para esta recuperación del tiempo perdido en futiles empresas o en planeamientos personales de utilidad única y cambiar de cabalgadura porque lo que son o pueden llegar a ser los pueblos no radica en su climatología sino en la temperatura cultural de las gentes que le habitan, que le ocupan, que le usan. Y la sensación que el peregrino adquiere después de su paso por León, es que sus gentes, incluidos los que llegan en patera, no se implican de verdad en la aventura gloriosa de rescatar otra vez aquellas cien doncellas que el moro exigía, como tributo. Los respectivos capitanes de cada hueste política deben plantearse, con seriedad, el ejercicio de repasar sus estrategias y a quiénes aparecen con encomienda de mando. Y si el resultado de este examen no ofrece las garantías que toda la comunidad demanda deben ser licenciados sin ningún tipo de recelo todos aquellos que den señales de ineficacia. No diremos de incompetencia, que es una virtud de la que si se carece de nacimiento no se recompone en todos los días de la vida del infante, sino de ineficacia, que debe ser entendida como la habilidad del listo para seguir ordeñando la vaca, sin necesidad de demostrar pericia en el oficio. Porque todos nosotros somos albañiles del tiempo, de nuestro tiempo.