Católicos de todo el mundo esperan que Wojtyla sea elevado a los altares muy pronto
El Papa, ayer, durante la celebración eucarística
Un año después de la muerte de Juan Pablo II, el hombre que reinó en el Vaticano durante 26 años es venerado como un santo y su tumba recibe diariamente la visita de entre 15.000 y 20.000 fieles. Aunque su beatificación no será tan rápida como pedían los peregrinos a su muerte, nada impedirá que Karol Wojtyla sea elevado a los altares. Cuando se va a cumplir el primer aniversario de la desaparición de Wojtyla, su prestigio sigue intacto y su figura hace sombra a su sucesor Benedicto XVI. Como dice el cardenal francés Roger Etchegaray, Juan Pablo II no ha tenido aún que atravesar la «travesía del desierto» que espera a todos los grandes hombres de la historia. Aparte de erigirse en un valedor de los derechos humanos, en un centinela de la moral sexual tradicional y en un ariete en la caída del comunismo, Wojtyla aprovechó su influencia para trascender las fronteras y convertirse en un líder internacional, un patrimonio que no está entre las prioridades de Benedicto XVI.