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VICTORIANO CRÉMER
León

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DESDE LOS PRIMEROS tiempos de su Historia, España, la dulce y pacífica España ha sido codiciada y consecuentemente invadida. No se sabe con exactitud quienes fueron los primeros pobladores, pero sí se recogen señales de pueblos nómadas que encontraron acomodo detenerse en un trozo de tierra aparcado al final del mundo. Luego, que si los fenicios, que si los griegos, que si los romanos, que si los árabes. Y finalmente, por no prolongar la relación invasora, que si los hunos y los otros. Hasta que llegó el momento clave de nuestra biografía y se descubrió la posibilidad de concedernos nombre propio a cada puñado de tierra. Y nació Marbella y vinieron todos los arrivistas fugitivos de la justicia y se convirtieron en industriales... Nuestras costas, nuestras islas, nuestros arrecifes sirvieron, están sirviendo para que nigerianos, tanzanios y demás gente morena del África tropical encuentren más gustoso vivir en España mejor que seguir rebozados en arena y comidos de hambre. Y se dijeron, no sin consultarlo con sus hijos, primos y demás familia: «¡A ver, el que quiera venir a España, que se apunte!». Y las orondas esposas, junto con esos niños de ojos grandes y bellos y barrigas como tambor de granaderos, levantaron la mano y dijeron: «Papá, llévanos contigo»... Y sin más, el clan comenzó a moverse. Y al cabo de solicitar créditos en El Corte Inglés, con sucursales en todo el mundo, lograron reunir para conseguir billete de tercera en una patera. Y desde Somalia, desde Marruecos, desde donde pudieran, los emigrantes, al modo de aquellos que partían de Iberia hacia Alemania en los tiempos felices de Alemania, hicieron un petate para poner el culo durante el viaje y se amontonaron en el fondo de la embarcación hecha con juncos. Y después de cinco días con cinco noches, aquellas almas perdidas, comenzaron a dar señales de decibilidad. Ni tenían pan, ni agua, ni mandioca, ni nada. Y no faltaba algún ingenioso que intentara pescar algún pez bobo a mano para comérsele crudo, como hacen los japoneses. Pero ni agua, ni paz ni peces... Y así un día y una noche y otra noche y otro día, hasta que al fin dieron con las costas de un islote que resultó ser la isla de Gran Canaria, y todos comenzaron a dar saltos de alegría y a emitir sonidos, y acudieron los guardias Civiles y los de la Cruz Roja y los del Servicio de Acogimiento de inmigrantes ilegales sin papeles ni nada. Y les recogieron misericordiosamente, y les dieron mantas y techo y un ceneque con sobreasada. Y en vista del éxito de la primera patera, vinieron más, muchas más y las playas se llenaron de extranjeros, no turistas, que venían a interrumpir y a malograr su descanso tan bien ganado... Y huyeron del lugar cuantos habían nacido en las inmediaciones y cuantos habían llegado en el AVE. Y la playa quedó desierta de gente corriente. Y se llenó de la pintoresca y escalofriada representación del hambre en el mundo, del egoísmo en el mundo, de la falta de equidad y de justicia en el reparto equitativo de la riqueza, como mandaban antes el catecismo del Padre Astete y los partidos marxistas-leninistas. De una tacada se nos colaron mil ilegales. ¡A este ritmo, llenamos España!

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