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LUIS ARTIGUE
León

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«LA MUERTE, QUE ES YA MUCHA, pero hablemos/ de lo que todavía nos queda por vivir¿». Sí, como una de esas personas singulares que mediante un telescopio se asoma a las estrellas, así se siente quien lee el último libro de poemas publicado por Fernando Beltrán («El corazón no muere». Editorial Hiperión). «Quién hace la autopsia de un ser vivo,/ quién llega a su agonía...». Y es que cuando la intimidad se torna en poesía convirtiendo el grito en música y el dolor en metáfora, además de fascinación produce una luz -la luz de la emoción inteligente de la que hablaba Goleman- capaz de guiarnos por la ruta atropellada y sorprendente de nuestra propia vida: «Un viaje/ empieza mal o empieza sólo a medias/ si empieza con maletas¿». Ciertamente la poesía, cuando es verdad, nos hace libres. Fernando Beltrán (Oviedo, 1956) es un poeta importante que ha revitalizado y puesto al día con su obra nuestra poesía social heredera de Blas de Otero, Crémer, Nora y otros. Lo ha hecho mediante libros de poemas fronterizos, siempre entre el amor y la conciencia contagiosa, poesía pacifista pero cargada como un revólver, claro, pues está escrita por alguien que no olvida, incluso cuando habla de amor, que es un ciudadano activo: «esos escaparates donde el lujo afirma/ tener la última clave¿». A lo largo de más de veinte años este poeta de culto -este valedor de la «poesía entrometida»- nos ha dado libros con un compromiso aún lleno de vigencia como «El gallo de Bagdad», y nos ha regalado realismo crítico, visiones cotidianas, «Aquelarre en Madrid», «Bar adentro», amor, la contundente denuncia repleta de fe en el hombre de «La semana fantástica»¿ Por eso no es descabellado decir que su obra avisa al mundo y lo revisa con tanta honestidad que, de ese modo, sus versos predisponen al lector a inclinarse del lado de la integridad: «Cantar a dentelladas, no entiendo otra manera de vivir». Y esa es, creo, una de las sagradas razones por las que existe la poesía¿ La poesía de Fernando Beltrán hecha por y para las buenas personas: «los que viven de amar piden más horas/ morirán los primeros¿». Ahora acaba de publicar este poemario denso, imaginativo y con ritmo virtuoso que trata sobre el amor y el tiempo, como todos los que importan -«la edad que es siempre un barrio en las afueras/ de nosotros mismos»-. He aquí pues un libro de madurez, casi una elaboración de duelo: un texto contradictorio pero vitalista repleto de ética reparadora e imágenes goyescas, sí, y con el que el autor nos introduce en uno de esos desamores intensos, casi míticos, capaces de poner en jaque cualquier identidad¿ «La fe mal entendida, el error de pensar/ que quien precisa abrigo es el de enfrente». Así las cosas se trata de un poemario herido pero escrito desde la entereza y la serenidad, casi una plegaria, casi un himno. «La sencilla oración de un dios sin público». La certera demostración de que existe «un álgebra que entienden/ solamente los que aman». Son versos valientes que plantean preguntas y retos -«quién se atreve a escuchar el corazón/ que quizá late enfermo en la mujer que amas»-, versos desolados -«o estar a secas con las manos vacías/ cogidas una a la otra, la caricia perfecta»-. Y sin embargo aún son versos capaces de sonreírle a la adversidad y extraer verdades de la tristeza: «tengo pánico/ a deshacer lo hermoso de esta muerte». Uno acaba de leer dichas páginas y le asoma al alma cierta sensación indeterminada, desasosegante, que bien puede parecerse a la clarividencia: «acabas de aprender/ que el corazón no muere/ cuando uno cree que debería hacerlo». ¿No es eso resucitar?

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