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MÁS CAÑONES, más carros acorazados piden para Afganistán, más madera... es la guerra que no es guerra (las que más se eternizan), es el pepinazo en verso endecasílabo para afeitar la gorra a la talibanada que reza un Corán con cargador y escupe al cielo oraciones con katiuska que abaten moscones con doble hélice; abajo con ellos, dice el rezador. Bush asegura ahora que hay que enviar más personal pertrechado y blindado a esta zona de la histeria bélica, página que no pasa hoja en nuestras guerras globalizadas. Y España ha dicho -ya le valdría lo contrario- que no está dispuesta a tener allí más de las novecientas almas puestas a las duras con su pegatina de carne de cañón grapada en la frente. Los americanos están locos, como ocurre cuando se ponen grandones y cagan pólvora, maldiciones o una de aquellas exclamaciones piadosas que tanto gustaban a don John Wayne, el catedrático del pistolón en la tesis y el winchester en el entrecejo: «Dios mío, Dios mío, no permitas que se mueran... ¡déjamelos a mí!». Ahora los guerreros con despacho en el Pentágono quieren poner tieso y afgano ese rabo suyo que en Irak se les está enroscando entre las piernas y, de nuevo, piden alineamiento y barril prestado, «¡a mí la legión!», que pechen los que quieran estar en el club, derrama al canto... a poner. Y el ministro español de la guerra (¿por qué le dicen de Defensa, si las tropas han de estar también al Ataque?) ha dicho que nones, que no pondrán en ese nuevo frente ni cantimploras, ni el banderín de córner del campo de batalla. Desaira de nuevo el ejecutivo al primo yanqui; por ese camino recibirá Bush a Zapatero cuando meen las gallinas («pues ya ves; que le den pol culo sopas», alegó uno en La Moncloa). Tengo, humilde y montillamente, otra teoría de solución que ya debió abordarse en los inicios: Tómese toda la morterada millonaria de dólares que nos cuesta el órdago, pónganla fraccionada en billetes de a uno y moneda en sus avionazos y procédase a bombardear con esta pasta las tierras, andurriales perdidos y montañas abruptas. Toda la población se tirará a buscar esa calderilla y, sin dudarlo, estarán un año o dos entretenidos en el atropamiento. Y cuando acaben, ya tendremos a todos infectados por el capitalismo, que es de lo que se trata... robándose unos a otros... y se acabó la rabia.

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