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VICTORIANO CRÉMER
León

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A BROMA LO TOMA la gente, y a mí me da pena y me causa un respeto imponente, que se solía decir cuando se mencionaban las aventuras del «El Piyayo». A mí, sin embargo, el Carnaval me parece una de las conmemoraciones o recordaciones más serias del calendario. No por lo que propone como diversión, como aventura fuera de lo común, sino como representación de algo muy entrado en la condición humana. Porque el carnaval, es, fue y será en lo más profundo, reconstrucción de un acto social que en muchos lugares del universo mundo venía a recordar al ser humano que en el mundo ni hay justicia ni hay nada, y que existe un submundo mísero e infeliz que espera este tiempo de las Carnestolendas para burlarse de la propia sombra. Cuando los esclavos alcanzaban el tiempo esforzado y burlesco de los carnavales, lo que hacían si se disfrazaban, y controvertía, la realidad, era arremeter contra los valores establecidos, mostrando su forro dramático y descubriendo su verdadero espíritu de resuelta guerra interior contra lo impuesto por la ley. El carnaval no es un motivo para que el pueblo se divierta, sino para que el pueblo, precisamente se de cuenta de su condición infeliz y la diferencia existente entre los ilustres patricios que dominaban todas las situaciones y la clase baja, a la cual solamente le alcanzaban los sufrimientos y las injusticias. Los carnavales no eran sino una demostración de la lucha enconada entre los representantes de las clases superiores y las menguadas huestes de los sometidos. Demasiado trágico para que el acto escénico se sostuviera en su inicial representación. De ahí que, llegado el tiempo, los míseros se echaran a la calle, disfrazados de mil extravagantes maneras para poner en entredicho la validez y la solidez de una sociedad fundamentada y mantenida mediante la tremenda diferencia social de cada grupo. Las comparsas acometían a sus señores como el medio más claro de rechazo. Y a cambio de un ejercicio prolongado de sumisión, de obediencia y de provechosos cuidados, la sociedad buena, la sociedad dominadora, la sociedad de los títulos y de los intereses colmados, permitían aquella algazara burlesca de las charangas, de las cuadrillas, de los disfrazados. Y así fue hasta que transcurrido tiempo y tiempo y aceptadas las reformas que la evolución social imponía, fueron convirtiendo en juego, la máscara, la burla, en un divertimento. Que es en lo que estamos. Nos divertimos para ocultar preocupaciones, para espantar nuestros fantasmas, y todo cuanto acontece se nos antoja una manera como más activa y realista de exponer el criterio de la masa contra la especulación de la élite. Se celebran reuniones en Kenia, y en Alcorcón la juventud se rasga la carne a navajazos. Y el pueblo se tira a la calle para gritar, para exponer sus ideas, para protestar contra las diferencias, ahora sí disfrazadas, porque todo es Carnaval de medidas políticas con tendencias sociales alentadoras. Celebramos el carnaval como una burla, como una pelea, como una protesta. Pero en el fondo de la tragicomedia que es el Carnaval, lo que intentamos es encubrir nuestros temores, disfrazas nuestras penurias... Como en la representación clásica, se canta: «Ride, pagliassi, ride, didenndo mostraron denti». ¡macarrónico carnaval apolillado!

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