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LOS MUERTOS iraquíes... de los cojones nos cuelgan. Un barco de éxodos emigrantes repleto de gente estafada naufraga en la palangana de Pilatos que escondemos tras la puerta del baño, lo arrojamos al wáter y tiramos rápido de la cadena. A los que mueren en Sudán de hambre perra, por perros de mala suerte les tenemos. De Juana Echao no nos levanta ni la piedad de la que él carece. Los treinta mil suicidas españoles que buscan cada año su pasaporte a la nada del sanseacabó (lo logran tres mil) quedarán enterrados bajo una montonera de silencios destructores como cal viva, tabú de yuyu, vergüenza propia y esa culpa ajena que vocea su muerte meditada (consigna de redacción es pasar sobre ellos de puntillas y sin titulares). A las miles de gentes buenas que ayudan anónimamente al pobre o al dolorido también las paseamos por el arco del triunfo del silencio informativo porque la bondad dejó hace tiempo de ser noticia. Con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen los negociadores tirabuzones. Con los aviones-calabozo que pasean los rangers de Bush, a ningún zapatista del zapaté le da ya repelús (y esa poli aznariana que interrogó ilegalmente en Guantánamo, del rabo de oveja le cuelga a Rajoy)... Con la mierda que sale del ladrillazo, fabricamos escándalos para esconder la envidia (o estampar titulares que honren nuestra conciencia cómplice). Los que mueren de sed o ahogados, por desgracia natural les tenemos encalomando toda responsabilidad a la Providencia, maestra armera donde las haya. La lenta muerte de Fidel Castro, ¿quién la teme o quién la goza, si el castrismo está encastrado y los anticastristas con ganas de castrón nuevo?... Los crímenes que van pagados y pegados a un billete de quinientos, con sólo un cero más quedan lavados. ¿Hacia dónde miran los científicos cuando las chocolateras que inventan se convierten en misiles? Los zanjones de la Historia con alfombras se excavan. La fe no es creer, sino crear, y de ahí la confusión mundial de mil dioses con carnet que tenemos puestos a velar cada negocio que apañamos (los dioses de los demás también nos cuelgan de las pelotas)... Y, como no nos convencen, nos confunden, nos embaucan, aturullan, apabullan, incendian y nos roban... pero nos vamos a unos grandes almacenes y se nos pasa la furia.

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