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DE TODAS las putadas que te hicieron en esta vida perdularia y cazurrota, ¿cuántas te las propinó un pucelano, un gallego o un madrileño y cuántas un leonés, la propia sangre?... Cuando les preguntan a los empresarios de esta vasta y basta autonomía si invertirían en tierras leonesas, sólo un siete por ciento responden afirmativamente. Y aquí se hacen cruces, fruncimos el reojo avieso y el piropo más frecuente empieza lindamente por cabrones y termina en culo. Nos tienen manía; la manía nace de la envidia; y la envidia es munición de la guerra solapada. Eso es, nos repetimos; nos odian. Sin embargo, la pregunta que no se hace y la respuesta que aún no conocemos es cuántos leoneses de los que amasan morterada y esporpollan papel moneda en sótanos estarían dispuestos a invertir aquí. Urgiría hacerlo por saber con quién trillamos nuestros sueños y necesidades. Los que de aquí ordeñaron fortuna, extrajeron tesoro o segaron la espiga gorda, ¿reinvirtieron lo que era de ley y mercado o le pusieron rueda bancaria a las rentas para que crien grasa en otra parte bajo la máxima de «dinero va donde corre dinero»? ¿Ampliaron negocio o secretearon la ganancia en lejanías estériles con un candado suizo o con solares en Tailandia, que los hay, los solares y cazurros en ellos?... ¿Y cuántos de por aquí que labraron fortuna por ahí han estado o están dispuestos a localizar en su cuna madre parte de sus expansiones o planes?... ¿Y por qué no lo hacen?... Dice un amigo mío que se explica la aparente paradoja con una razón sencilla: tendrían que colocar a los sobrinos tontos, a la parentela pamposada, a los amigos de sus viejos amigos y acabarían entre todos arruinando al santo y liquidando la limosna. Por si fuera poca razón, otra no menos cierta pesa en su rehúse: inquietarían a los tenderones que controlan este cotarro y estos catarros crónicos de la griposa economía leonesa. La vieja idea de reunir a los leoneses de empresa que han triunfado por ahí, crear un club de influencias e inversiones, se ha convertido siempre en espuma o ruido en estos rompeolas que desguazan sueños. Las medianías provincianas tienen pánico al que demuestra empeño, éxito o sagacidad... sólo que ahora no tenemos al obispo Almarcha para vestirle de chivo.

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