Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

Creado:

Actualizado:

El pAS AJE evangélico de este domingo es uno de los más conocidos. Dos discípulos vuelven de Jerusalén a su pueblo y lo hacen con tristeza y desilusión. Habían puesto esperanzas en Jesús, pero su condena a muerte había puesto fin a todo. Muchas veces la ilusión que suscita Jesús viene apagada por la vida de cada día e incluso por la vida de la misma Iglesia; muchos de sus episodios e incluso el testimonio de muchos cristianos parece contradecir de forma palmaria el mensaje evangélico. La incertidumbre nace y crece frente al Evangelio. ¿Será todo una ilusión? Sin embargo, en medio de aquellos dos caminantes surge algo que cambia las cosas. O, mejor dicho, surge Alguien. Uno que con su Palabra y con la fracción del Pan, hace que recobren esperanza y vuelvan a Jerusalén a confirmar la verdad del mensaje de Jesús. ¿Nos pasará a nosotros lo mismo? ¿Seremos capaces de reconocer a Jesucristo en su Palabra y en la Eucaristía? ¿Seremos capaces de ser testigos veraces, de palabra y de obra, del mensaje evangélico? Caer en la indiferencia, y aun en el pesimismo, es algo que tenemos al borde del camino. Renovar semanalmente el impulso que nos hace seguir a Jesucristo es la tarea que se impone. Algo que podría conseguir la Eucaristía si la convertimos en un encuentro deseado y vivido que nos haga salir corriendo a nuestro ambiente, a nuestro mundo para contarle la gran nueva que los de Emaús dieron a los discípulos de Jerusalén: es cierto que Jesucristo está vivo. Y si esto es cierto, los cristianos no nos hemos equivocado al elegirlo como Señor de nuestra existencia y modelo de nuestra vida. Si es cierto que Jesús ha resucitado, podremos superar el pesimismo y el desaliento y encontrar, en la Eucaristía, la respuesta para tantas preguntas que, sin duda, se nos plantean y la fuerza para hacer realidad el contenido de esas respuestas. La misión de los creyentes consiste, individual y colectivamente, en vivir los problemas del hombre en comunión con Cristo, en apostar por el bien y luchar contra toda forma de maldad y hacerlo con un estilo evangélico. La Iglesia tiene así una «misión», es decir, tiene algo que decir sobre el mundo y la historia; tiene también una «mediación» que ejercer, es decir, una especie de sacerdocio mediante el cual representa a toda la humanidad ante Dios. Igual que Cristo se hizo reconocer, la Iglesia se tiene que hacer reconocer por su estilo de vida, personal y comunitario, en el que los más desfavorecidos, los despreciados y maltratados por la vida encuentran cobijo afectivo y efectivo. Para celebrar esa mediación y hacer efectiva esa misión se reúne en torno a la Eucaristía, hasta los tiempos en que el Reino sea una realidad y Cristo sea todo en todos.

Cargando contenidos...