CORNADA DE LOBO
Retrosoñando
POR mayo, que era por mayo... Cuarenta años pudren los sueños a cualquiera. Y si en todo este tiempo no lograron dibujar cuerpo, ¿qué hacer: enterrarlos o resucitarlos?... Reanimé la memoria recordando lo que soñaba yo con dieciséis tacos en aquel mayo del 68. No es difícil; hay que ser tocho o traidor para olvidarlos, sueños de ingenua etapa existencial, ni arriesgados ni heroicos, nada nuevos. Soñaba con lo que me vendría después de acabar el bachillerato aquel año, con vestirme de blanco para arreglar el mundo a palabrazos, con la escopeta de matar tordos que tenía Iparraguirre, con una nenaza lánguida del barrio de San Esteban, con una muerte birraza en las amazonías peruanas vestido de piloto como el padre Aldámiz... soñaba con el mar traído a pie de casa, con la igualdad como moral y ley, con la verdad de los pobres, con tocar una guitarra eléctrica en la catedral, con llenar de libros mi pared desnuda, con una bici para mí solo, con escribir una obra de teatro en una sola noche como Lope de Vega, con ganar a balonmano a los huérfanos ferroviarios que, más que leñeros, eran asesinos... con poder ver películas con reparos para mayores de dieciocho, con fumar en casa sin ganarme un guantazo al bies, con las pampas criollas como aprendiz de Martín Fierro, con la puta redimida que asomaba en la literatura o se vestía de Magdalena en los evangelios, con ser un incendiario como Savonarola para ganarme la hoguera, con Doris Day los domingos de cine para ilustrar la polución colegial, con superar lo viejo y su injusticia, con la lujuria casta y de mármol de la Venus de Médicis los días de clase de arte, con una Biblia en verso de pie quebrado, con el amor que borda la poesía mentirosa, con una chaqueta de ante, con el beso de una monja estigmatizada, con el látigo que echó a los mercaderes del templo, con hacer una pipa con el fémur de una liebre, con leer arameo como lo hacía Espinel, con adiestrar un cernícalo que robé de su nido, con escaparme del dormir y adueñarme de la noche, con una vida sin contratos ni oficinas, con la razón de los bárbaros ante el imperio decadente, con una casa que no tuviera tabiques... Lo que soñaba París aquel mayo no lo soñaba yo ni conocía. Mentiría si ahora lo dijera. Y ya son muchos los que en esto mienten como para hacer cola y pedir vez.