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REGALÓLE a ella la « Vida de santa Teresa de Jesús ». El jefe de protocolo de Zapatero tiene grandes ocurrencias. ¿Ingrid Betancourt qué pensaría?, ¿me regala este libro porque tengo pinta de monja con un rosario en la muñeca o porque me pasé enclaustrada seis años en la selva?... Los libros que se regalan esconden siempre un peligro, un mensaje o una mentira. ¿Qué habrán pensado al ver este regalo todos los que acusan a Zapatero de resucitar al comecuras y al tumbapúlpitos del trincherismo de la memoria?... ¡Un presidente socialista regalando vidas de santos!... ¿y sus rabadanes de ponencia apeando cristos de actos, mesas y juramentos?... uy, ay, hoy... hei!, hé aquí la vela a Dios y el libro al diablo. Los santos en mi infancia eran una colección, «Vidas ejemplares», en dibujos, como los cuentos de Supermán publicados por la misma editorial mexicana. En Reyes caía preceptivamente un título de estas vidas, un santo dibujado. Recuerdo las de san Juan Bautista, san Alfonso María de Ligorio y a san Pascual Bailón, fanciscano de ingenua locura mística. Y, claro, a santa Teresa de Ávila, a la que alguno quiere nacer leonesa por apellidar Cepeda. En las primeras viñetas ya aparecía la andariega de niña escapándose de casa con su hermano para ir a tierra de infieles y sufrir martirio, a descabezarse. Era casa con libros de doctrina, lance y romance. Pero su familia tenía antecedentes judíos, eran conversos, lo que en aquella España podía equivaler a estar fuera de negocio, de saludo o en hoguera de nigromante. Así que el converso siempre se obliga a no parecerlo poniéndose más papista que el Papa y riñendo a todos los que flojeen en fe o dogma. Son bravos los conversos: los sampablos salen siempre como pablorromeros , arremetiendo. Pero santa Teresa, amén de brava e infatigable, pensaba, leía. Las horas del día son cuarenta si corren en claustro de monasterio. Dan para mucho a quien escribe y maquina fundar nuevos conventos y carmelos de estameña y pie descalzo. Emprendedora, purista, resuelta en dudas y atormentada en deseos. Admirable mujer. «Así era esta recia santa castellana, hijos míos -enfatizaba el padre Martínez del Cura-, Teresa de Ávila, ¡toda una mujer bragada de pelo en pecho!»... (coñó, carambá, me impresionó la definición).

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