| Reportaje | Juventud, divino tesoro |
Adolescentes en tiempos confusos
Según el sociólogo Javier Elzo, los jóvenes necesitan alguien que les escuche y les guíe, pero el agobio de sus padres les obliga a componer el puzzle de la vida sin un modelo a seguir
Dos adolescentes, en la puerta de un instituto, se preparan para acudir a clase
madrid
«Es como hacer a ojo un puzzle al que le falta el modelo». Así resume el sociólogo Javier Elzo la «enorme dificultad y fragilidad de los adolescentes» para componer el puzzle de la vida en la España actual. Por un lado, «quieren ser escuchados» por sus padres desde el «respeto y la confianza». Por otro, piden «guías de comportamiento», e incluso que les marquen «límites». Pero muchos «callan» tales demandas y necesidades «porque los ven agobiados, desbordados, sin espacio ni resortes para atenderlos».
Elzo los conoce bien después de tres décadas largas de investigar los valores juveniles. Y en su último libro completa ese análisis exhaustivo con
, fruto de una encuesta cualitativa a 272 estudiantes de 16-18 años de nueve localidades repartidas por toda la geografía española. No hay duda, viene a decir el experto: son hijas e hijos de la sociedad en la que viven, con su misma complejidad, con idénticos valores individualistas y consumistas y con el «sello» de sus agentes de socialización, que cada vez son menos la Iglesia y los partidos políticos, y más «la familia, el grupo de amigos y, con enorme fuerza, las nuevas tecnologías».
Ganan los pares
Los adolescentes apuestan por una «familia convivencial» donde «les atiendan y les guíen»; no les gusta en absoluto la indiferencia, ni siquiera disfrazada de tolerancia -”prefieren un «no» razonado-”; «valoran a sus padres», y hasta «saben que son injustos con ellos». No los quieren, en suma, »prepotentes ni impotentes«. Y cuando la orientación y referencia buscadas no está en casa, tratan de encontrarlas en otro sitio, lo que hace ganar importancia a sus pares en la escuela, en la calle o en Internet, que se ha convertido en un «poderosísimo factor de socialización, con sus aspectos positivos y riesgos».
En estos tiempos de agobio paterno y materno, advierte Elzo, «queremos resolverlo todo en la escuela, con más horas de clase y más actividades, atando al banco escolar» a unos chavales que, sin embargo, están mucho más «atados a sus amigos, incluso más que antes con las cuadrillas». Lo cierto, insiste el sociólogo, es que con la actual organización social están «abocados a eso, o a Internet». Y «mejor que sea con los amigos», mejor «reivindicar la plaza del pueblo, pero como lugares intergeneracionales, no con la «separación total» de ahora.
Beber es una fiesta
Lo cual conduce al ocio, con efectos colaterales como «la diversión nocturna y ruidosa, que la sociedad adulta acepta», igual que asume la identificación de fiesta con bebida y de placer con felicidad. «Los jóvenes han hecho suya» tal filosofía, recalca el sociólogo, que recuerda cifras de consumo de alcohol preocupantes («más del 90% de 17-18 años bebe con frecuencia, y el 20-40% lo hace desaforada, excesivamente») y aboga por «negociar la realidad legal y social» para que la ley tenga una «función pedagógica». Por ejemplo, subrayando la «prevención positiva: se es más feliz si se controla bebida». O remarcando la visión «ética sin moralina del bebedor pasivo», cuyo perjuicio no proviene de efluvios alcohólicos ajenos, pero a quien «fastidias el fin de semana si te tienen que llevar a casa borracho».
Eso explica la aparición de botellones con poco o nada de alcohol, o de los que «excluyen a quienes no saben beber o se pasan con la bebida».
Más que de prohibir beber a los 18 años, apunta Elzo, se trataría de «aprender a beber en familia» para interiorizar el principio de «cuanto menos mejor, cuanto más tarde mejor». Y también de racionalizar los horarios para que «empiecen a divertirse antes y acaben antes. Pero no por decreto», remacha.