cornada de lobo | pedro trapiello

Nuestro carácter

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pedro trapiello
León

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Los orígenes de la cazurrez zorrera y desconfiada ¿a dónde alcanzan?... ¿de quién se heredó este carácter sentimentalero de caricia tosca y de hablar seco?... ¿quién nos enseñó a recelar y a esconder?... ¿sería ya culpa de los astures o del ataporcano caníbal que les precedió?... Los astures no eran sólo astures, que no te vengan con cuentos. Los llamó así un extranjero que hacía historia de oídas; generalizando se ahorró problemas y matices, pero eran gentes distintas que vinieron de los cuatro puntos cardinales cuando esto empezó a dejar de ser hielo perpetuo en la última glaciación. Se repartieron el territorio en más de veinte tribus o clanes y dedicaron toda su vida a putearse, robarse y hostiarse. Montaban sus pueblos encastrados en cerros y alturas para ver venir de lejos las tortas y defenderse mejor. Fueron desconfiados y broncos por destino. Su enemigo principal fue siempre su vecino. Y esto ya explicaría algo el «cómo somos», este perdulario destino. Después llegó Roma y les puso a la orden del día y de la historia con palo legionario y tente tieso. Se resistieron, pero lo astur acabaría disuelto en lo romanizante, en lo hispanorromano y en lo hispanogodo después... y todo ello, finalmente, barrido y disperso por la moraima invasora y por las devastaciones almanzoras, hasta que doscientos años después empezó a repoblarse aquella tierra fronteriza y vaciada... De sus antiguos pobladores poco o nada quedó. Todo fueron gentes nuevas, vecinas o lejanas venidas desde tierras francas, sajonas, califatos o del quinto cuerno. Pero importantes y determinantes en número y privilegios fueron los mozárabes. Lo tuvieron todo. Les dieron tierras, montaron conventos como factorías agrarias privadas sin someterse a otra autoridad que a sí mismos y florecieron en artes, influencia y pequeños señoríos. Pleitearon contra ellos todos sus vecinos; la documentación de su tiempo parece más un acta de juicios que una crónica de historias y hazañas. Sin embargo, el favor de los reyes cambió a monjes franceses y cayeron en desgracia. Lo mozárabe impregnaba al pueblo y éste receló de todo lo nuevo, se encastilló, se acazurró... y ahí anda algo de lo rudo de este carácter.

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