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antonio núñez
León

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El tasquero de mi esquina, que es campechano y liberal donde los haya, harto de la polémica que se traían los parroquianos sobre la ley antitabaco colocó ayer en la puerta un cartel donde puede leerse «en este establecimiento se permite fumar y no fumar». Nada que ver, en fin, con los aires que se da la ministra de Sanidad, doña Trinidad Jiménez, presta a prohibir por decreto el consumo de cigarrillos en todos los locales públicos del barrio, ya sean cantinas o ya restaurantes de cinco tenedores. Aunque de públicos no tienen nada y fue lo que le interpelé el otro día al tabernero, estilo Mariano Rajoy: «oye, macho, el negocio es tuyo... ¿O no?».

Se alegan otra vez razones económicas para penalizar el tabaco y la principal de ellas es que las enfermedades que provoca generan gastos insostenibles en el Insalud. Lo cual demuestra otra vez que este Gobierno anda a la deriva en cuestiones de economía. Los fumadores, aunque tosan de vez en cuando en la consulta del neumólogo, pagan en impuestos indirectos el triple de los que se han quitado del vicio, enriqueciendo de forma proporcional las arcas del Estado, generalmente las diñan antes que un ciudadano políticamente correcto y, en consecuencia, ahorran ingentes cantidades en pensiones de jubilación a la Seguridad Social. O a lo mejor es otra cortina de humo, como las que acostumbra a lanzar Zapatero, para que no se hable de la crisis. Con cinco millones de parados -”de cuatro nada-” se empiezan a oir ya demasiadas voces en la coladel Inem pidiendo subsidios para comer y, las sobras, para tabaco.

Pero sigámosle la corriente a Trinidad. Avisa a mayores la patronal de hostelería que un decreto como el que se anuncia podría menguar aun más las flacas cajas del sector, con una recaudación que no vea usted lo que ha bajado ya, y generar más paro. No en vano hay en España y en León un bar por cada ciento cincuenta habitantes, se dice pronto. A esto ha respondido la ministra que ella misma estará dispuesta a ir más de copas cuando prospere la prohibición. Por su parte Rajoy ha ironizado a la gallega con un «voy a tener que fumarme el farias en el océano Atlántico». Ojo, Mariano, ni se te ocurra apagar la colilla en el agua, porque se te caen encima los del Ministerio del Medio Marítimo, y ya es lo que te faltaba.

Barrunta uno que estas sanjuanadas para desviar la atención de lo que de verdad importa, o sea el paro, van a proliferar como hongos a partir de este otoño. No debe descartarse que se prohiban también por decreto en la televisión las películas de Hunfrey Bogart, con el sempiterno cigarrillo en la mano que en «Casablanca» era el anuncio de una amistad antifascista. O del teniente Colombo, la antítesis de la brigada antivicio.

El debate parlamentario puede tener, incluso, alcance internacional. «En Italia», puede argumentar Trini, «se prohibió fumar en todos los restaurante y no pasó nada». Ya, pero Berlusconi tiene otros vicios. En cuanto a Irlanda, donde también se prohibió el tabaco en los pubs, los taberneros expenden casi toda la cerveza y el whyski por la ventanaque da a la calle, convirtiendo a la isla en una inmensa terraza de bar, con lo cual no ha bajado el número de fumadores pero ha subido considerablemente el de acatarrados.

No merece la pena analizar los argumentos demagógicos de un Gobierno que lleva seis años viviendo de boquilla, sin afrontar los verdaderos problemas del país. Cualquier cosa vale para despistar al personal y vender que no pasa nada fuera de lo corriente. En la mañanera peña de mis vinos las razones de Trinidad nos recuerdan el chiste de Manolo, el colega amigo que las palmó a los cincuenta tacos. «El puto tabaco», dijo el taliban de turno que nunca falta ni fumó en su vida. «No, qué va», le aclaró otro de la peña, «lo que pasa es que le atropelló un camión al cruzar la calle».

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