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León

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TODOS LOS PRIMEROS de diciembre se celebra el «Día del Sida»; se ha establecido ya, o se ha puesto de moda celebrar una vez al año el «día» de esto o de lo otro. Y los demás días ¿qué ? Es preciso no conformarnos con la celebración de «un día», para concienciar a las personas o la sociedad sobre un problema que en ella existe, normalmente de forma crónica para que esta concienciación sea un trabajo, esfuerzo, de todos los días; no sólo para ser conscientes de que existen personas que padecen cierto problema, enfermedad o limitación, tratando de ayudarlas yendo a paliar puntualmente los efectos. Es preciso ir a las causas, conocerlas e identificarlas, para atajar el problema en su raíz, por más costoso en tiempo, en esfuerzo y en planteamientos adecuados y eficaces que nos parezca, porque yendo a solucionar los efectos es como querer achicar el agua de la fuga de una tubería, que si no se repara o tapona la fisura, o salida del agua, sería un trabajo sin fin de recoger el agua, para volverla a recoger y así una y otra vez sin fin. Hablando de ir a las causas es necesario preguntarnos el por qué existen las adiciones que pueden llevar, el sida o a otras patologías o desequilibrios de la persona, el identificar o conocer el «por qué», es la clave para poner la solución a cortar en su raíz el problema por más costoso que parezca.

Dicho esto como planteamiento, para afrontar el problema. Yo soy un enfermo crónico de sida o VIH, con el agravante de que dicho virus me causó un infarto cerebral, que para mí fue lo peor que me pasó, ya que el sida en sí se ha convertido en una enfermedad crónica y controlada a través de la medicación correspondiente. Pero a mí el infarto cerebral me provocó una leucoencefalopatía multifocal que según un comentario que hizo un médico, dado ya los años que hace que sufrí esta patología, ya tenía que haber muerto, pero aquí estoy vivo y con muchas ganas de vivir así como con muchas fuerzas para afrontar mi situación. Hago dos aclaraciones: una, que no todos los enfermos de VIH tienen que necesariamente sufrir un infarto cerebral o leucoencefalopatía mortal en el tiempo, según la valoración... (¿?)de ese médico. Pero yo a mis 61 años, me mantengo bien en cuanto a la enfermedad del sida en sí; eso sí, con las limitación funcionales que me provocó el infarto cerebral siendo esto lo más duro para mí ya que me hace muy difícil el escribir en el ordenador varios libros que tengo manuscritos y otros que tengo escritos o estructurados en mi mente.

Y la otra aclaración que hago es que yo soy masajista deportivo, linfoterapeuta y reflexólogo, aparte de haber hecho mucho trabajo de control mental y de autoconocimiento; con todo este bagaje de autoterapias, unido a una alimentación sana, soy también naturista, me voy recuperando, eso sí con mucho esfuerzo y fuerza de voluntad, ya que tengo fuertes y firmes motivaciones para mantenerme vivo y curarme.

Y esto es lo que quiero compartir con los demás enfermos de sida, darles ánimo y compartir con ellos mi experiencia, intentando que les sirva, al menos anímicamente así como orientativamente y no tanto dar ánimos sin más como un recurso facilón de salir del paso, al hablar o dirigirnos a un enfermo de sida a los que les animo a su autoconocimiento, ya que el conocer es el «poder».

La mente humana tiene un inmenso poder para curar o para enfermar según lo utilicemos; si constantemente estamos pensando en negativo o nos damos por vencidos, ya lo estamos. Cuando nos diagnostican un cáncer (por cierto, yo he superado un cáncer), el sida u otra enfermedad grave, y nos damos por vencidos o por muertos, en ese momento ya estamos vencidos abriendo las puertas a la muerte.

El cuerpo tiene la programación de la salud, con tal que nosotros no interfiramos en esta programación, sobre todo, con pensamientos negativos los cuales muchas veces alimentamos verbalmente, entrando en una retroalimentación de estos pensamientos, o actitudes negativas, la cual se produce al hablar con otras personas; si una dice: yo estoy muy mal, el otro dice: yo estoy peor, entrando en una dinámica del «y yo más», alimentando así mutuamente o colectivamente lo negativo.

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A los enfermos de sida, les animo compartiendo con ellos mi caso y experiencia; y a la sociedad le digo que no se limite a compadecerse, o lamentarse y a juzgar, sino que vayan a descubrir las causas, raíz, que muchas veces sin saberlo, o inconscientemente, las generan quienes se lamentan y juzgan frívolamente.