Diario de León

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Alejandro Casona debió haber nacido leonés si a su madre, Faustina Margarita Filomena Álvarez García (familia de Canales -padre babiano y madre omañesa-, bautizada en Renueva y hecha maestra en León), no la hubieran destinado a Besullo, una aldea asturiana en lo cimero de un monte no lejos de Cangas de Narcea, donde un árbol fue el principal juguete del niño Alejandro, la Castañerona lo llamaban, y de cuya robusta casa del maestro adoptó su seudónimo Casona cuando comenzó a estrenar su extensa obra teatral en 1939 en Buenos Aires, exiliado allí por su fe republicana. Y la primera obra fue « Prohibido suicidarse en primavera », mientras España culminaba aquí un suicidio civil del que aún no acaba de resucitar ochenta años después.

Pensaba ayer en este sugerente y dramático título dando un paseo por las cuestas de Oteruelo de la Valdoncina crujiéndome el alma a cada paso que a su vez crujía dándolo sobre una tierra reseca como adobe cocido al sol en un abril como nunca vi, abril vestido de profeta maldito. ¿Qué puede crecer ahí cuando la sequía se viste de verdugo implacable? Y sin embargo, todo intenta crecer en un último, desesperado y adelantado esfuerzo como diciéndose «prohibido creerse las noticias y suicidarse en primavera». Hay floraciones anticipadas como si intuyeran que agosto está a la vuelta del próximo domingo. Dan todo lo que tienen porque confían en que la próxima primavera volverá a ser primavera. Y si no, la siguiente. Llevan voluntad de resucitar hasta en la savia seca. Las plantas tienen una inteligencia que ni intuimos en el mundo animal; llevan aquí muchos milenios antes que nosotros... y nos las comemos, talamos o incendiamos. Pero lo que me movió a escribir estas líneas fue ver, aunque canijas, dos de las cincuenta orquídeas silvestres que crecen en León, dos que son las únicas en los páramos áridos: la orchis papilionácea y la máscula. Ellas, que tanta agua requieren, esporpollaban ahí su gesto menudo como gritando que está prohibido suicidarse en primavera.

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