viernes. 09.12.2022
Tomás Bañuelos Ramón | Profesor HonorÍfico en el Departamento de Escultura en la Facultad de Bellas Artes de la UCM y Director del proyecto CIAN

Añoranzas confinadas

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Me proponen escribir un artículo en torno a Fabero en el contexto del 11 aniversario de DIARIO DE LEÓN, al que en primera lugar debo agradecimiento y felicitación. La ocasión me llevó a buscar el texto que escribí con motivo de la celebración de la ya famosa cena del botillo, que desgraciadamente este año no pudo llevarse a cabo y para la cual, muy acertadamente, Carmen Busmayor tendría la responsabilidad de actuar como mantenedora.

Es curioso analizar el pasado y observar las pistas que en ocasiones da sobre el presente, y a pesar de ello abordamos el futuro con una ceguera total. Quién nos iba a decir que entraríamos en una pandemia y casi sin darnos cuenta, se volvió a repetir y... ¡ya veremos!

En este tiempo de incertidumbre e introspección, con las orejas gachas de angustia y también por la mascarilla, escribir de una realidad en la que la monotonía y la desgracia colectiva están tan cerca, se hace muy difícil.

La primera mirada del día, ya sea por asomarse a la ventana o saliendo de casa, es al poste que hay enfrente. Hubo días que lucían cuatro esquelas, una encima de la otra. Mi padre, siempre atento a ese palo, una vez me comento con bastante sentido del humor: «¡Ya verás como un día saldré y me voy a encontrar con mi nombre!». Hoy las lee y no sabe quienes son, ¡pero le duelen! El no haber podido asistir a los funerales de muchos de sus amigos lo ha sumido en una gran confusión y profunda tristeza. Su cabeza se nubla o asoma ligeramente el sol de invierno.

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Cuando hace unos días se conmemoraba la lucha por los derechos de la mujer busqué, como os decía, mi pequeño discurso de aquel solemne día en el que recordaba haber rendido un sincero homenaje a las mujeres de mi vida. Aquellas palabras, lanzadas a un público entusiasta, encajaban perfectamente en un lunes cualquiera del tan deseado 2021 .

Después de una desenfadada introducción, agasajada y agradecida a raudales con numerosas y sonoras carcajadas, continuaba diciendo: ¡Bueno, hablemos en serio! Y antes de desnudarme con aquel texto confesaba algunas de las cosas que cambiaron mi vida cuando salí de Fabero: hacer Bellas Artes, trabajar con Higinio Vázquez (el escultor del Monumento al Minero), conocer y colaborar con los más grandes artistas del realismo, ser y ejercer de padre de dos hijas, ser profesor, realizarme en mi profesión de escultor... También confieso que separarse es un amargo aprendizaje. Hoy soy abuelo de una preciosa niña llamada Gilda.

Reflexionaba sobre las pequeñas cosas con las que construimos la vida. Nuestra capacidad de trabajo y nuestra proyección en el ámbito profesional se fundamentan en la educación recibida, y el respeto por la memoria y, si se puede, mejorar en algo nuestro legado.

En primer lugar, mi recuerdo y mi cariño a las personas que ya no están: se fue Esperanza Parada, pintora del Grupo de los Realistas, y hace relativamente poco nos dejaron Paco y Julio López Hernández, luego Isabel Quintanilla y después María Moreno, ¡Tantos y tantos amigos…! Como dice mi padre, ¡ya tengo más amigos allí que aquí!

Nuestra capacidad de trabajo y la proyección en el ámbito profesional se fundamentan en la educación recibida y el respeto por la memoria

Decía Antonio López en su discurso de agradecimiento en la Universidad Complutense que le gustaba su pueblo por como se respetaba a los muertos y como se cuidaba a los niños. También a mí me gusta eso del mío, y además como se cuida de nuestros mayores. Me enseñaron así, y en esa tarea me veo. Mi padre cuidó a mi abuela hasta que se fue con 102, con los mismos años y la misma dignidad que el señor Bello nos acaba de dejar. Saber digerir esos tragos amargos forma parte de la vida.

En aquel 2018, año internacional de las mujeres, también se cumplían cincuenta de ese minero como símbolo en el que se plasmaron para siempre los valores de nuestras mujeres y hombres de Fabero. Aquel gesto que mi pueblo tuvo conmigo fue un hermoso regalo y una hermosa coincidencia, porque esa escultura marcaba un hito en mi vida: con ella comenzaba mi aprendizaje en el ámbito del arte y con su aniversario de medio siglo casi culminaba mi carrera docente universitaria. Fomentó en mi la idea de aprender, pensaba que algún día yo podría hacer esculturas con tanta grandeza. Retratar en ellas aquellos seres con los que compartí mi vida, el esfuerzo de las personas, la fragilidad, la fuerza, la enfermedad, el cariño recibido, el frío que te penetraba hasta los huesos, la ropa mojada y también ver a los mineros volver a casa y ponerse al calor de la cocina de carbón…

No lo pensé mucho, no podía rechazarlo, fueron tantas las muestras de cariño que hubiera sido un desagradecido y, aunque me abrumaba la responsabilidad, me aliviaba pensar que representaba a uno de tantos hijos e hijas del pueblo. Este buen y singular acontecimiento y otra desgraciada noticia personal sobre mi salud, que conocía en aquella misma semana, fueron las razones por las que comenzó a fraguarse la idea de pedir mi jubilación en la universidad. Todo hace parecer que fue ayer y ya hace más de un año que tome aquella decisión tan determinante y, a su vez y a la vista de los acontecimientos, tan necesaria.

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