martes 15/6/21
Francisco Javier García Bueso | Técnico de Patrimonio Cultural y director de museos. Ayuntamiento de Ponferrada

Un diario escrito en sábanas de papel

GARCIA-BUESO

Nacido entre siglos, escrito en sábanas de papel abarquillado, durante sus primeros años el DIARIO DE LEÓN entintaba portada a cuatro columnas, dos interiores y última de anuncios. Mezclando tinta china con hollines de carbón, plomo de imprenta y la indeleble tintura de la censura eclesiástica, política y religión ocupaban los principales titulares vespertinos, seguidos de breves de corresponsal, anecdotarios y últimas noticias llegadas por telegrama.

Por suscripción a peseta mensual y a cinco céntimos el suelto, la gente principal de León lo leía en gabinetes, casinos, cafés, obras pías y sociedades. Caciques, políticos, letrados, comerciantes y capellanes discutían con retórica encendida sobre las principales cuestiones nacionales, agitados por la gran crisis imperante en el cambio de siglo y por los entresijos y las conspiraciones municipales.

Las rémoras del 98, la desigual industrialización, las huelgas, el terrorismo, la intransigencia de terratenientes y militares y la explosiva mezcla de anarquistas, radicales, republicanos y nacionalistas hacían correr ríos de tinta. Mientras, las jerarquías eclesiásticas preconizaban sobre el uso de la prensa en beneficio de la doctrina «utilizando el poderoso instrumento de que tanto abusan nuestros adversarios. Aquellos que cuanto más hablan de libertad en el periódico, más fuertemente encadenan al lector. Aquellos que cuanto más aprestan independencia en sus juicios, más se muestran como infelices siervos de la letra de molde».

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Volanderos por cafés y tabernas, el DIARIO DE LEÓN y sus directos replicantes locales, los republicanos y anticlericales La Democracia y El Porvenir, circulaban sobados de mano en mano entre cesantes, buscavidas y enganchadores de emigrantes a las Américas. En el correo postal, los primeros DIARIO DE LEÓN llegaban en trenes y diligencias hasta las poblaciones cabezas de partido, y de allí, a los confines provinciales, donde unos pocos leían despacio los ejemplares más atrasados.

En La Robla, en Murias de Paredes o en Villafranca del Bierzo, los prospectores de minas, los boticarios con anteojos, los curas beneficiados y las señoras con sombrero leían en alto las novedades. En la última del DIARIO DE LEÓN se ofrecían estacas francesas para replantar viñas, seguros, depilatorios, «acreditados» bragueros para herniados, fideos, finos aguardientes de Bembibre o polvos ingleses «para quitar borracheras». Bajo la silueta humeante de un vapor, los consignatarios de trasatlánticos anunciaban las salidas desde Vigo a Brasil y desde Santander a Montevideo y Buenos Aires a 200 pesetas. Por el doble, se ofrecía «redención a los mozos que se habían de sortear próximamente en León» o se buscaban sustitutos para quienes previo pago, desearan abandonar la milicia en África.

Cuando nacía el DIARIO DE LEÓN, en El Bierzo iban desapareciendo los periódicos decimonónicos, surgiendo un amplio elenco de nuevos y fugaces noticiarios de carácter local y regionalista. En la literaria Villafranca del Bierzo nacían por aquel entonces El Heraldo del Bierzo, La Juventud Berciana, La Voz, El Correo o La Región Berciana. Más tarde El Boeza, en Bembibre, y en los años veinte El Templario en Ponferrada, el de mayor duración y el único que sobrevivió hasta la década siguiente.

A la crisis general se sumaban los devastadores efectos de la filoxera que había destruido el viñedo berciano, provocando un importante desarraigo migratorio y un gran vaciamiento demográfico. La apertura de las comunicaciones, la llegada del ferrocarril y la progresiva extensión del capitalismo a finales del XIX apenas fueron capaces de quebrar el estancamiento económico y demográfico, como tampoco, la atonía propia de las clases dominantes en las principales villas bercianas.

Entre 1900 y 1910 Ponferrada no superaba los 3.000 residentes y solo el tres por ciento de los bercianos vivían en aquella villa, agrícola, nostálgica, de pocos burgueses, con unas plazas y calles en las que a la sombra de las ruinas del Castillo trajinaban sosegadamente jornaleros y pequeños comerciantes. Una villa, que según avanzaban los primeros años del nuevo siglo, anhelaba convertirse en una próspera ciudad a la que la revolución industrial llegaría años después, iniciándose una nueva etapa que haría casi olvidar el devenir de pueblo histórico y el pasado esplendoroso de la fortaleza y sus monumentos.

Muy pronto ya disfrutaremos de la rehabilitación del Castillo Viejo, génesis del poblamiento, convirtiendo la fortificación en un conjunto monumental incomparable

El viernes 7 de septiembre de 1906 el DIARIO DE LEÓN dedicó por primera vez su portada a Ponferrada. Con pluma romántica y a toda página, en el periódico se escribió de las fiestas de La Encina, de Gil y Carrasco y del Castillo: «Pues la fortaleza existe, despojada de sus antiguas galas más por el hombre que por el tiempo, y ostenta hoy la solemnidad de las ruinas que hacen más grande su pasado. ¡Quien profanó su artística belleza respete su austera ancianidad y conságrele al culto que inspiran en el mundo las tumbas de los muertos que viven en la historia!». 

A lo largo de los últimos 115 años el DIARIO DE LEÓN ha abierto las puertas de la fortaleza innumerables veces. Para novelar folletones, para cantar sus glorias pasadas, para informar de su declaración como Monumento Nacional, denunciar su ruina durante décadas, mostrar su primera fase de rehabilitación a finales del XX o para ensalzar la magnífica colección de libros que atesora.

Muy pronto, las puertas de la fortaleza y con ellas las de la ciudad se abrirán de par en par para que ciudadanos, peregrinos y turistas podamos disfrutar de la rehabilitación del Castillo Viejo, génesis del poblamiento y de la fortificación hace más de dos mil años, convirtiendo al Castillo de Ponferrada en un conjunto monumental incomparable. Y entonces, como hace más de un siglo, ahí estará el DIARIO DE LEÓN para contárnoslo. ¡Larga vida!.

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Un diario escrito en sábanas de papel
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