domingo 20.10.2019

«Si no cambias con el tiempo, estás muerto»

«Si no cambias con el tiempo, estás muerto»

álvaro soto


A su mujer, Sara Torres, Fernando Savater (San Sebastián, 1947) la llamaba Pelo Cohete. Cuando en 2015 ella murió por un tumor cerebral, el filósofo contó que nunca más iba a escribir un libro porque ya no tenía un motivo para hacerlo: que Pelo Cohete lo leyera. Pero Savater ha hecho una excepción con La peor parte. Memorias de amor (Ariel), una elegía emocionada a la mujer con la que compartió 35 años de su vida.


—¿Escribir este libro le ha ayudado a que las heridas sanen?


—No creas. Yo quería compartir mi recuerdo con otros, que serviría para perpetuar su recuerdo. Pero no puedo decir que escribir cure. Ojalá.


—Ha sido un filósofo de la alegría. ¿Cómo ha sido escribir con pena?


—He escrito tanto sobre la alegría que me parecía honrado contar cómo se queda uno cuando se va, con qué se sustituye, cómo se puede vivir sin ella. Yo no pensaba que se pudiera vivir sin alegría, creía que era como el oxígeno. Pero he descubierto que también se vive de tristeza.


—¿Qué le empuja a levantarse por las mañanas?


—El despertador (sonríe). Mucho ánimo no tengo, la verdad. Hay unas rutinas que te fuerzan, desayunar, leer el periódico... Pero las ganas te faltan. Antes era un jilguero desde que me levantaba. Ahora echo de menos todo lo que hacíamos: comentarle las noticias, pasear, decidir si íbamos al cine o no... Mi vida es como vivir en el vacío, ir tirando.


—¿Cree que alguna vez superará el duelo?


—Tampoco quiero que acabe el duelo. No me gustaría acordarme de ella sin llorar. Que el tiempo todo lo cura, nada. Lo que pasa es que uno se va acostumbrando a la tristeza.


—A usted lo encarceló el franquismo y ETA lo amenazó de muerte...


—A mí las adversidades me divertían. Me divertí en la cárcel con Franco y luego peleando contra ETA. Aquello me estimulaba. Ahora ha venido la desgracia, ahora sí.


—En el libro cuenta que estando ya con ella usted siguió teniendo escarceos amorosos. ¿Ella lo sabía?


—Ella no era nada mojigata, sabía la vida que yo había llevado e incluso al principio conocía amores que yo tenía. Pero sabía distinguir entre lo que era el amor y lo que eran pasatiempos. Se imaginaba que yo estaba un mes en México y no iba a estar todo el tiempo mirando por la ventana. Pero entendía que lo que teníamos nosotros era otra cosa. Le daba igual.


—¿Ha sentido pudor al contarlo?


—He tenido pudor por ella. Yo escribía este libro como si la tuviera mirando por encima del hombro y no quería poner nada que la molestara.


—¿Y arrepentimiento?


—Sí, pero no por los amoríos. He sentido arrepentimiento por la enfermedad. Cuando se la diagnosticaron, me aterroricé y todo lo que hice fue para peor. La empujé a hacer cualquier cosa que le diera una pequeña esperanza y no la curé, pero la torturé.


—Haber leído, tener cultura... ¿Consuela en momentos así?


—No especialmente. Es como decir: yo tengo en casa un ‘rembrandt’ y aunque se muera mi madre, no me importa porque veo un ‘rembrandt’. No, hay cosas que embellecen la vida, pero no te quitan de los dolores verdaderos.


—En su juventud, usted militó en la izquierda radical y su mujer fue muy cercana a ETA.


—Si uno no cambia con el tiempo es que está muerto y no se ha dado cuenta. Yo cambié por ella. Me ayudó mucho, hicimos el camino juntos. Ella era menos prejuiciosa que yo, tenía la idea de que había gente buena y gente mala, lo mismo trataba a Rosa Díez que a María San Gil. Los demás acabamos llegando a eso, pero al principio mirábamos si uno era del PSOE o del PP.


—¿Y cuando estaban amenazados por ETA?


—Nunca me ha preocupado. La gente llama valientes a los que tienen miedos diferentes a ellos. Los matones con pistola no me han asustado. Sólo he tenido miedo al sufrimiento de las personas que quería, y eso me ha acabado pasando.

«Si no cambias con el tiempo, estás muerto»
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