jueves. 11.08.2022
REVISTA

Si Cervantes levantara la cabeza

Nada de lo que nos pasa hoy le habría sorprendido al autor de 'El Quijote'

En estos tiempos inciertos, Miguel de Cervantes tiene aún mucha luz que ofrecernos

Estas serían sus diez verdades. Así cantaría las cuarenta

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ILUSTRACIÓN: Nicolás Martínez Roa

En estos tiempos inciertos, Miguel de Cervantes (1547-1616) tiene aún mucha luz que ofrecernos: defensor del derecho de la mujer a elegir marido, artífice de la ironía compasiva, ejemplo de paciencia ante las adversidades y de rebeldía en el cautiverio, cantor de la libertad, mantuvo que nadie es más que nadie si no hace más… al plagiarle Avellaneda sus personajes le motivó a hacerlos aún más grandes y creó la primera novela moderna, en la ancianidad se hizo joven de nuevo….. impregnó el Quijote de saber vivencial y sigue siendo hoy la obra más traducida después de la Biblia. Si Cervantes levantara la cabeza, esto diría:

Sancho sería hoy un falso autónomo

1. SALARIO. Sancho reclamó a don Quijote «salario conocido» mensual y no servir a merced, es decir, con promesa de ínsula y de futuro ascenso en el escalafón social. «Yo quiero saber lo que gano, poco o mucho sea», le pide escamado.

Pero el caballero andante en ningún libro leyó que los escuderos cobrasen. Ya le adelanta que se ha acordado de él al testar. ‘Si tan largo me lo fiais’, le habría respondido otro.

La demanda salarial estuvo a punto de dar al traste con la tercera salida. Con criterios de hoy, Sancho sería un falso autónomo. Pero el verbo cobrar tiene también otra acepción menos grata. El desconocimiento de don Quijote acerca de que en las ventas había de pagarse lo consumido provocaría que su escudero fuese manteado, dolorosa gimnasia donde la haya. Lo que el jefe no pagó lo cobró el trabajador.

En nuestros días, al soñador hidalgo se le hubiera caería el pelo si los manteadores llegan a romperle a Sancho algo o algos.

Sin embargo, ninguna explotación más aberrante que la del rico labrador Juan Haldudo a su criado Andrés, a quien ata a un árbol y lo azota porque le pierde ovejas. Este, por su parte, le reprocha que le debe «soldadas». El caballero andante defiende al maltratado, aunque este después le espetará que con ayudas como la suya no necesita enemigos, pues cuando don Quijote se hubo marchado le dieron aún más fuerte. De aquella España venimos.

Finalmente, don Quijote y Sancho se dieron un abrazo, pero volvería a salir el debate salarial.

Por cierto, en el apócrifo si le paga salario fijo a su escudero. Ah, el vil metal. Antes y ahora, mejor por el libro.

En un pasaje don Quijote recomienda a Sancho: «Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago». A lo que antes y hoy solo cabe decir: amén…. para enseguida precisar: ya, mi señor, pero pan con pan, comida de tontos.

Los impuestos los pagan los de siempre

2. CLASISMO. ‘El Quijote’ es la historia de una amistad casi imposible. Alonso Quijano era hidalgo con un pasar económico venido a menos, voraz lector y algo pasado de rosca. Sancho, labrador pobre y analfabeto, lanzador incontinente de refranes. Dos clases sociales distintas.

En aquella España, los impuestos solo los pagaba el plebeyo. Pecheros, se les llamaba. Aunque la novela se estructura alrededor de sus diálogos, don Quijote quiso marcar las distancias verbales, escamado porque su escudero se guaseó de él y se le da la mano se toma el brazo.

Aunque no pueda acogerse a ‘el que paga manda’, por jerarquía de clase le impone no darse tanto «cordalejo». Es decir, hablar menos entre ellos. Pero esperar de Sancho que esté callado era pedir cotufas en el Golfo.

Sin embargo, y es lo que importa, la carta que le escribe cuando el labrador cree estar gobernando la ínsula Barataria la firmaría: «tu amigo, don Quijote». Un don que a Alonso Quijano no les correspondía socialmente utilizar, y que será la comidilla en su aldea.

La corrupción actual no habría sorprendido a Cervantes, en su tiempo los traslados de la Corte propiciaron que cargos de confianza del rey ganaran fortunas con la información privilegiada. A algunos hasta les pillaron

En la primera entrega, la de 1605, es el pueblo el que se carcajea de ellos. Todo queda más o menos en ‘casa’. En la entrega de 1615 será la aristocracia y la clase alta la que para demostrar su propio ingenio les construyan crueles espejismos, pues han leído la novela. Los duques combatirán el tedio burlándose de ellos, desde una pretendida superioridad.

Ya puestos, mejor que la mofa sea de los tuyos. «Ningún hombre es más que otro, si no hace más que otro», argumenta el caballero andante a su escudero.

Después de leer esto, ¿tiene sentido reprocharle a Cervantes que no mencionara los problemas económicos que afectaban a la España de su tiempo?

Todo está expresado ya ahí. Los duques son del linaje de la estupidez. Solo cabe decir en su defensa que, al menos, habían leído el libro original, no el apócrifo de Avellaneda.

En los despachos se habla de oídas mientras los soldados luchan

3. GUERRA. Si Esquilo luchó en la batalla de Salamina, Cervantes lo hizo en la de Lepanto (1571). Y su participación en la misma tuvo un efecto decisivo en su vida, en la física y en la espiritual.

Quedó lisiado de la mano izquierda, pero además el Quijote contiene un diálogo latente con esa experiencia bélica en la que se honraba haber participado en defensa de una civilización —la nuestra— amenazada de ser invadida.

Por ello, cuando Avellaneda se burla en el prólogo de su apócrifo de esa lesión él esgrime en el suyo de 1615 que sus heridas no las recibió en una reyerta de taberna, sino, «en la más alta ocasión que vieron los siglos». 

Cervantes puso las armas por encima de las letras, en el célebre discurso de don Quijote, si bien por estas no se refería específicamente a la literatura, sino a todas las tareas administrativas, sobre todo al Derecho. Disparaba su arcabuzazo de palabras contra quienes desde sus despachos hablan «de oídas», mientras los soldados luchan.

Don Quijote critica la invención de la pólvora, que mata a distancia. ¿Qué diría hoy del monstruoso misil ruso hipersónico, capaz de devastar a 2.000 kilómetros de distancia? «El fin de la guerra es la paz», argumenta. De algunas, podemos precisarle. Y concluye más adelante: «El alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta».

También la nuestra tiene sombras, pero como dijo Gandalf: «No podemos elegir los tiempos que nos toca vivir, lo único que podemos hacer es decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado».

El humor inglés lo inventaron los británicos emulando a Cervantes

4. HUMOR. En el Quijote, el humor cervantino trasciende el escarnio. Lo logra mediante una sutil ternura, aunque no desde los primeros capítulos, pues también Cervantes necesitó tiempo para amar a sus personajes.

El humor cervantino es una de sus mayores aportaciones a la literatura universal, más allá de ser el autor de la primera novela moderna, que no es poco.

Toda la larga tradición la risa basada en la sátira y el escarnio, con frecuencia sobre los más débiles, quedó superada con la incorporación de la ironía compasiva.

Supuso una revolución que nuestra cultura no supo valorar en toda su importancia, algo que sí hicieron los ingleses y le sirvió para inventar el humor inglés a partir del cervantino.

Así lo admitieron los primeros maestros del humor inglés, como Sterne y Fielding. Este hasta plasmó en la portada de su ‘Joseph Andrew’ que la novela estaba escrita «a imitación de Cervantes, autor del Quijote».

                      ILUSTRACIÓN:  Nicolás Martínez Roa
ILUSTRACIÓN: Nicolás Martínez Roa

Pero ningún pasaje resume mejor qué es el humor cervantino que esas palabras escritas, en el prólogo del Persiles, cuatro días antes de morir: «Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida».

Si alguien se pregunta por qué un hombre con su biografía en la que no faltaron penalidades mantuvo hasta el final su chispa…la respuesta es sencilla: porque —insistimos— en Cervantes su humor rima con amor y con dolor.

Otros, con la mitad de reveses en su currículo se hubiesen despedido de la vida con exabrupto y peineta, pero no él, a quien — como a su Alonso Quijano— podemos apodar ‘el bueno’… sin caer en demasía romántica, pecado este que el cervantismo académico castiga con manteo.

Las cosas que tienen algo de complicación parecen imposibles

5. PACIENCIA. Varias fueran las pérdidas de libertad que sufrió Cervantes., la primera y más larga de ellas en Argel. En 1575, fue capturado por piratas berberiscos, cuando su galera regresaba a España. El llevar una carta de recomendación de Juan de Austria, posiblemente para que fuese ascendido a capitán, hizo creer a sus raptores que era un personaje por el que podían pedir 500 ducados, cifra excesiva para su familia y que tardó cinco años en reunir, con la ayuda de los monjes trinitarios.

En el cautiverio argelino, según nos cuenta —en tercera persona— en el prólogo de ‘Novelas ejemplares’ (1613), «aprendió a tener paciencia en las adversidades». Allí intentó cuatro veces fugarse, pues no todas las impaciencias son malas.

Ya en España, estaría varias veces preso, si bien cortas estancias, durante sus años en los que trabajó con los dineros públicos. Finalmente, era liberado, una vez demostrada la inocencia… pero ¡cuántas heridas le volverían a sangrar en aquellas celdas de su patria al recordar los años argelinos!

Él mismo nos dice que su Quijote fue «engendrado» en la cárcel, cuestión está muy debatida por sus biógrafos, pues admite interpretaciones.

Hoy la locura lectora de don Quijote sería quizá la de un devorador de novelas baratas del Oeste o la de un obsesionado con los superhéroes Marvel, en definitiva, un soñador destinado al vapuleo y a la burla

Don Quijote le espeta a Sancho: «como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles». Le pedía paciencia al escudero, aunque si alguien tenía la capacidad de hacérsela perder era él. A Cervantes la vida le enseñó a resistir, y quizá el humor le ayudó a ello.

¿Cómo reaccionó cuando se rechazaron sus peticiones de un cargo en Indias? ¿Se derrumbó la primera vez que tuvo el Quijote apócrifo en sus manos? ¿Y al ser rechazado para formar parte de la comitiva de escritores que acompañaría al conde de Lemos a Nápoles? «Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades», escribió en La Gitanilla. ¿Cuántas pruebas han de pasarse para que la tranquilidad que te corresponde llegue?

«Paciencia lo es todo,» recomendaría Rilke mucho tiempo después al joven poeta.

El no es no

6. MUJER. La gran protagonista femenina en el Quijote es la sin par Dulcinea, que nunca aparece en el libro salvo porque es constantemente mencionada. Tampoco aparece Aldonza Lorenzo, el Jekyll de esta.

Fue un defensor de la mujer. Dice amar «de oídas» y anhela socorrer a las «doncellas menesterosas». Los ogros de quienes defenderlas no existen, pero abundan los monstruos de apariencia humana.

Las mujeres cervantinas exigen su derecho a elegir con quién se casan o a quién rechazan. No cabe llamarlo feminismo incipiente, pero es una visión muy abierta. La bella y rica Marcela exige su derecho a vivir sola en los montes, sin casarse y rechaza que se la culpe del suicidio por amor de aquel a quien no le ha dado pie para esperar nada. La no menos bella Dorotea es capaz de buscar al hombre que, tras acostarse con ella, elude su promesa de matrimonio.

Nosotros, desde nuestra mentalidad, hubiésemos preferido que lo mandase a freír espárragos… pero su triunfo en aquel tiempo es conseguir que don Fernando rectifique su afrenta.

En el camino, Dorotea tendrá que librarse de dos acosadores. «En estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna [mujer]», argumenta el caballero andante. Menos agraciada que las anteriores es Maritornes, pero sentirá piedad por el Sancho manteado.

Leonor, la madre de Miguel, sabía leer y escribir, algo raro en la época para una mujer, y además se ocupó de que también sus hijas supiesen. Poco sabemos de Catalina, esposa de Cervantes, pero durante años muchos cervantistas la intuyeron plúmbea y un lastre para la creatividad del escritor, algo que hoy ya no percibimos así gracias a visiones más ecuánimes. Por ejemplo, el apodo de las ‘Cervantas’ con que se referían en el barrio a la familia del escritor ha perdido para biógrafos actuales su sentido peyorativo, ahora se es interpretado como un reconocimiento de carisma femenino.

Dado que el padre de Cervantes era sordomudo, fue la madre quien llevó las largas gestiones para liberar del cautiverio a Miguel y a Rodrigo, sus dos hijos presos en Argel.

En sus ‘Novelas Ejemplares’ plantea historias de amor en las que nunca la mujer carece de personalidad. Si una tiene que disfrazarse de hombre, se disfraza. Si hay que empuñar la espada, se empuña. Si hay que amar… se ama. Por ello, muy segura de sí, Marcela proclamó ante quienes la condenaban: «El verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso». Y don Quijote asintió complacido.

La mano del envidioso es larga pero la de la mezquindad aún más

7. ENVIDIA. El cervantismo no suele barajar la envidia como origen del Quijote apócrifo (1613), en cuyo prólogo a Cervantes se le llama viejo, manco, cascarrabias, sin amigos… y además el misterioso Avellaneda alardea de «restarle la ganancia».

Pero ¿la envidia de qué? Se sigue sin saber quién se esconde bajo el seudónimo, pero todos coinciden en que Lope y su círculo debieron de estar detrás, de alguna forma. Pero el Fénix de los Ingenios encarnaba el éxito, ¿por qué iba a envidiarlo? Pero cada envidioso tiene su razón. ¿Acaso no la es que en 1612 el Quijote se tradujese al inglés y en 1614 al francés?. La envidia es hermana de muchos venenos.

Por otra parte, es posible que a Cervantes le perdiese la boca en las tertulias, como le perdió la pluma en el prólogo de su primera entrega del Quijote, repleto de soterradas alusiones burlonas al Fénix de los Ingenios. Y no solo en el prólogo. Lo cómico era bien reído por todos… pero considerado inferior a la poesía o al drama.

Posiblemente, a Cervantes se le envidiaba algo innato, quizá el propio humor cervantino que le servía para encajar los reveses, su confianza en la valía de su propia obra literaria… también, un tipo de inocencia que le impedía caer en el desaliento definitivo. La envidia no necesita razones, sino ocasiones.

Demostró tener gran valor físico, hubo de despreciar a quienes sus ataques -como Avellaneda- los hacen con el puñal de la envidia. Lo escribió Andrés Trapiello: “a Cervantes hoy no le habrían dado el Cervantes”

En 1610, cuando el Quijote ya era una de las novelas más famosas, los hermanos Argensola recibieron el encargo de organizar una comitiva de literatos que acompañase a Nápoles al conde de Lemos, nombrado virrey. A Cervantes no le aceptaron, pese a que se ofreció y lo necesitaba. Tal rechazo fue decisión de Lucrecio Leonardo, quien quizá le envidiaba por llamarse Miguel. Asimismo, rechazaron a Góngora, el poeta más prestigioso.

La mano del envidioso es muy larga, pero la de la mezquindad aún más. «¡Oh, envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!», clamó don Quijote.

La línea que separa la victoria de la derrota es muy fina

8. UTOPÍA. Quedaron gratamente estupefactos los cabreros cuando don Quijote les pronunció el discurso sobre la Edad de Oro, como nos lo seguimos quedando hoy con aquello de que los hombres «ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío». En la Edad de Oro los árboles daban jamones y en los ríos se pescaban doblones. Sancho, más pragmático, era más de creer que los perros no deben atarse con longanizas.

Los de entonces creían que tal maravilla ya solo era posible en algún lugar recóndito de América. Pero lo cierto fue que las muchas riquezas que de allí traían pasaban de Sevilla a los banqueros genoveses, con quienes la Corona estaba endeuda. Un desastre de utopía. En aquella Edad, esgrime el caballero andante a los cabreros: «Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia» (…) No había fraude, el engaño, ni la malicia mezclándose con la verdad y la llaneza».

Llegados a este punto cabe preguntarse ¿fracasó don Quijote en su utopía, fue la suya una derrota vital tan rotunda como la de la Armada Invencible? Tenue es la línea que separa la victoria de la derrota, si el campo de batalla es el corazón humano.

Algo o algos hubo de quedarle a Sancho de caballero andante. Cuesta crear que con el tiempo olvidó, salvo quizá un ligero pinchazo al pardear. Pero como canta Kristofferson: «Ah, pero lo loco que tú has sido/ no es nada con lo loco que yo fui/». Don Quijote el oro lo llevaba dentro, pero la mina es Cervantes.

Defensor del diálogo, la libertad y del «ni para ti, ni para mí»

9. GOBERNAR. Sancho hubiese sido un gran gobernador de la ínsula Barataria si no llega a ser porque todo era burla de quienes el narrador —uno de ellos— concluye: «que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos».

Alto ahí. ¿Lo era don Quijote por creer que en la cabeza llevaba yelmo y no bacía de barbero? Ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo a golpes propuso recurrir al voto secreto, algo que no suele ser ponderado en las notas a pie. ¿Tonto Sancho, quien resolvió el barroco dilema llamándolo «baciyelmo»? ¿Acaso dijo tontuna el caballero andante al recomendarle que si al juzgar tenía dudas se inclinara por la misericordia? ¿Tonto Sancho, quien renunció a gobernar y salió con más hambre de la que había entrado? «…no es menester otra señal para dar entender que he gobernado como un ángel». Amen.

Además, en ningún libro de caballería se dice que haya ángeles tontos. Capítulos más adelante, don Quijote le dirá su célebre: «La libertad, amigo Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos». Ah, la democracia. 

No dejar que la vejez te lleve a abandonarte ante el paso del tiempo

10. LONGEVIDAD. Cuando Cervantes ve publicado el Quijote (1605) tenía 58 años, un anciano para aquel tiempo. Y cuando diez años después publica la segunda entrega, un prodigio andante de la supervivencia biológica. Muy atrás quedaba su ‘La Galatea’ (1585), tras la cual ya no publicaría más hasta veinte años después, si bien siguió escribiendo, relacionándose escritores y con la farándula. Mucha de su obra poética y para el teatro se ha perdido. En la recta final de su vida, entre 1613 y 1615, publicará el grueso principal de su obra: ‘Novelas Ejemplares’ (1613) ‘Viaje del Parnaso’ (1614), ‘Ocho entremeses y ocho comedidas nunca representadas’ (1615), ‘Segunda parte del Ingenioso caballero don Quijote de la Mancha’ (1615).

Don Quijote admiraba a nuestros Bernardo del Carpio y a Suero de Quiñones, por valientes y rectos. Ellos no habrían lanzado el misil hipersónico contra civiles, sabían que hasta el horror de un combate ha de tener límites

La necesidad de ganarse el sustento le hizo trabajar de recaudador real de grano y de aceite, cobrador de impuestos atrasados, negociante, intermediario de negocios, posiblemente autor de prólogos y correcciones para el editor y libro Francisco de Roble—. Y pese a ello, siempre debió de andar escaso, sin necesidad de ponernos dickensianos. Eran los tiempos.

Estuvo valorado como romancista, pero no como poeta serio. La llegada de Lope, «monstruo de naturaleza», trastocó los gustos del público y los intereses del negocio del teatro. En los círculos literarios se le debía considerar una anomalía cronológica.

Alguien sobre el que se hacen chistes nada más salir de la Academia. Y eso que las ‘Ejemplares’ se vendieron muy bien. En su prólogo de las ‘Ocho Comedias’ reconoce: «pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño, quiero decir que no hallé autor [editor] que me las pidiese pues sabían que las tenía». Conque hizo algo muy de hoy, pero infrecuente entonces: publico las comedias y entremeses que nadie quería ya representarle. Consciente de que le quedaba poca vida se dedicó a dejar un rastro literario. A construirse una posteridad de papel, diría José Manuel Lucía.

Logró terminar el ‘Persiles’, si bien fue ya publicación póstuma, gracias a esposa, esa mujer a la que durante años los biógrafos de Cervantes consideraron que no estaba capacitada para valorar la genialidad de su marido. Ya, ya. «Dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama».

Ella debió de amarlo por ambas. Y nosotros, también. 

Si Cervantes levantara la cabeza
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