domingo 23.02.2020

una CIUDAD mediterránea llena de contrastes

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Aterrizo en Palermo, la capital de Sicilia, la antigua Trinacria, nombre inicial con reminiscencias mitológicas que el viajero acaba entendiendo pronto. Llueve a mares. Me espera mi buen amigo Luigi Galleotti, que parece querer comerse el mundo y hacerme partícipe del banquete. No para de hablar desde que subimos al coche. Cuando, aún cerca del aeropuerto, llegamos a los obeliscos, me señaló con el dedo, difícil de averiguar el objetivo por la poca visibilidad de la lluvia persistente: «Es la Isla de las Mujeres —explicó—, donde los pescadores de estos pueblecitos las dejaban durante su ausencia, para estar más tranquilos». Supongo que la intención haya sido indicarme la dedicación histórica de estas gentes, a la que ha de añadirse la agricultura. Ya se sabe, por otra parte, que los sicilianos, además de muy religiosos —la devoción a su patrona, Santa Rosalía, es de suma evidencia entre los palermitanos—, son muy supersticiosos y llenan vida y paisaje de mitos y leyendas. Ni uno ni otra es el recordatorio de los obeliscos, lugar donde mataron al juez Falcone y su mujer —un árbol lleno de mensajes recuerda la casa en que vivían, en la ciudad—, que, junto al también juez Borsalino, habían iniciado un macrojuicio contra la mafia, con notable implicación del Estado. El Palacio de Justicia, muy cerca de la catedral, donde se celebró, es hoy uno de los monumentos más visitados de la ciudad.

Me había prometido a mí mismo no tocar ni por asomo el asunto de la mafia. Y en ese apunte quedó cerrado, porque contemplo ahora, dentro de las escasas posibilidades de la luz, el circo montañoso que rodea esta ciudad en la que viven en torno al millón de personas, pico arriba o abajo, siempre con la mirada puesta en el mar, con muy notables astilleros, hermosas playas cercanas y la escala de numerosos cruceros cuyos pasajeros se disponen a recorrer la isla, lo que evidencia el fortalecimiento del turismo. Tengo la sensación de que se trata de una ciudad decadente, víctima de un cierto abandono, sometida hoy —Luigi me dice que es algo característico— a un notable caos circulatorio, pensaba yo que circunstancial por la lluvia intensa. ¿Alguien se atrevió a decir que en Sicilia no llovía? Acaso sea hoy el día elegido para tales menesteres, aunque aparecen atisbos de que pueda escampar.

—Mira —dice Luigi con cierto retintín—, ese es el parque La Favorita, antiguo coto de caza de los reyes españoles, hoy lugar de esparcimiento y pulmón de la ciudad. Cómo cambian los tiempos, caro amico.

—Eres un poco cabroncete, caro Galleotti.

Se sonrió con picardía. No sé si antes o después me indicó la Punta Verde, la puerta de la ciudad a finales del XIX, hoy zona muy cuidada, con jardines, esculturas, monumentos… Desde que le conozco, hace tiempo como para no tomar algunas cosas en cuenta, Luigi Galleotti tiene la manía de decidir y después preguntar. Y había decidido que íbamos a cenar. Primero, porque era tarde. Segundo, porque a dónde íbamos a ir con este tiempo. Tercero, aunque no lo decía con tanta claridad, porque le daba la real gana. Pero como en el fondo tenía razón y además estaba dispuesto a invitarme, no opuse resistencia. Al Cancelleto Verde, muy céntrico, fue el lugar elegido. Por él. Propuesta de comida tradicional y decoración pomposa también al estilo siciliano, no sé por qué me recordó el Trastevere romano. Con una variado menú, previa recomendación, a servidor le dio por Pasta alla Norma, a mi acompañante por un risotto. Coincidimos los dos en el carpaccio de pez espada y, como postre, en las también delicias del tiramisú. Exquisito vino de la casa. Se prolongó la sobremesa, después de tiempo sin vernos.

Amaneció climatológicamente bien el día. Me parece que lo llaman nubes y claros. Pero no apareció la lluvia durante los dos días que recorrimos esta ciudad de contrastes, de línea occidental aunque con algún que otro toque oriental, especialmente en los mercados callejeros. Una ciudad grande y moderna —es verdad que sin interés—, en definitiva, que no ha perdido los viejos sabores. La verdad es que el área monumental se hace y se debe hacer fácilmente a pie, lo que permite además la añadidura de comprobar los estilos de las numerosas culturas que han conquistado Palermo a lo largo de la historia. Contemplar desde el precioso lugar del Monte Pellegrino la ciudad es una buena experiencia. Como lo es recorrer castillos y palacios (de la Cuba, la Zisa, Abatellis), museos (Arqueológico, Diocesano), plazas (Marina, Quatro Canti), fontanas (delle Vergogne), iglesias (del Gesú, San Juan, Santa Maria dello Spasimo, la Martorana), muchas ruinas también y dejadez. Bella decadencia. Avenidas y calles históricas de esta ciudad viva que, y lo anoto como curiosidad personal, recuerda con frecuencia a Garibaldi y permite saborearla desde multitud de bares, tabernas y terrazas, en una de las cuales probé los deliciosos dulces típicos, los cannoli.

—Al grano, caro amico, al grano…

Fiel amante de su ciudad, Luigi Galleotti me está pidiendo que dé al lector algunas razones para una visita obligada a Palermo. Lo que hago es simplemente anotar, al margen de lo dicho, algunos lugares que el viajero no debería perderse.

El Palacio de los Normandos, majestuoso e irregular, sede hoy de la Asamblea Regional Siciliana, en el que se encuentra la Capilla Palatina, una joya maravillosa, obra maestra del arte árabe-normando, con delicados mosaicos e incrustaciones de mármol.

El Teatro Massimo, con abundancia de historias y leyendas, responde a criterios neoclásicos. Llama la atención la enorme cúpula cubierta de piezas de cerámica. Posiblemente el viajero pueda evocar alguna escena de «El Padrino». Esencia de la lírica. No olvide el Teatro Politeama.

Resultan fascinantes las catacumbas o Cripta de los Capuchinos, aunque se trata de una importante muestra de cadáveres embalsamados y esqueletos colocados en nichos.

La Catedral completa la trilogía fundamental, con las de Monreale y Cefalú, de las catedrales de estilo árabe-normando en Sicilia, concebidas en buena medida como iglesias-fortaleza. Más interesante esta, sin duda, por fuera —gran cúpula con pequeñas cúpulas laterales y el impresionante pórtico gótico— que por dentro, aunque sea este, neoclásico, igualmente hermoso. Con tres naves y capillas laterales, llama la atención la de Santa Rosalía, con suntuosa urna de plata. Y como curiosidad, el reloj solar.

La pervivencia árabe en Palermo también está en los Mercados, que le aconsejo visitar: El Capo, Ballaró y, sobre todo, el de la Vucciria —con ambiente nocturno incluso—, cuyo entorno se me antoja el corazón de la identidad de esta ciudad siciliana. No está de más tomar algo en la legendaria Taverna Azurra.

Es lo que pienso después de lo visto. No sé si Luigi estaría de acuerdo. Allá él. Usted, disfrútelo.

una CIUDAD mediterránea llena de contrastes
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