sábado 15/8/20

Desplastificar la vida

Desplastificar la vida

Greta Thunberg llegó a Lisboa en catamarán y a Madrid en tren. Hubiera sido bonito verla entrar en burro a la capital de España. Pero no había tiempo para hacer el camino a lomos de Platerito, el buche que le ofreció la Asociación Fray Hernando de Talavera para hacer el trayecto desde la capital lusa a la española, como un gesto de amor al planeta y a las olvidadas acémilas.


El tiempo pisa los talones a la humanidad para que tome medidas en defensa de su hábitat y el de millones de especies y empiece a bajar su temperatura. Greta quería estar en Madrid el viernes para encabezar la multitudinaria manifestación paralela a la Cumbre del Clima.


Cuando yo era niña, mucho más pequeña que Greta Thunberg,, el plástico apenas existía en nuestras vidas. Algún caldero, las figuritas del Belén y las bolas del árbol de Navidad, que mi madre guardaba en una bolsa transparente... y poco más.


A los burros los recuerdo con los ojos tapados dando vueltas a la noria y a las mulas y machos tirando del carro y del trillo. No pasarían muchos años hasta que llegaron los tractores, las sillitas trenzadas con plástico que llevábamos a la escuela de verano de doña Raquel y los yogures de Yoplait en su envase de plástico. Todo aquello, además del taxi de Abundio, aquel Dodge Dar color crema que hacía temblar el puente de Villafer, eran el no va más del progreso. El concepto de basura no existía. Los restos orgánicos iban para el huerto o el muladar y las sobras iban para los animales.


En menos de cincuenta años el planeta está devorado por el plástico. Vemos su final en el fondo del mar y nos angustiamos por la contaminación. Pero no tenemos ni idea de todo el proceso de estos millones de toneladas de plástico antes de amarrarse a los océanos.


O sí. Porque todas y cada una de nosotras, las personas que habitamos este planeta, somos responsables de que el plástico ahogue las aguas marinas y sea el principal alimento de los peces. Al menos eso es lo que nos quieren hacer ver cuando nos piden que tomemos cartas en el asunto de salvar al planeta.


Tan verdad como que la gran industria y los gobiernos son los primeros responsables. Y los que menos hacen por evitar la tragedia. Mientras jubilados y feministas cosen bolsas de tela para las meriendas del cole o como merchandising contra las violencias machistas, el plástico envuelve nuestras vidas.


Y prescindir del plástico, empezando por los envases de los supermercados y terminando por los coches, ya sean eléctricos o diésel, es misión imposible. La realidad es que mientras se le pide a la población que recicle, el negocio del reciclaje sólo utiliza el 30% de lo que recoge. Lo rentable. O sea, lo normal.


Así que es hora, sí, de que se tomen medidas para salvar el planeta con toda su fauna y flora. El diagnóstico ya está hecho y la voz de alarma bien propagada. No es la primera vez que una niña alza la voz en defensa del medio ambiente a escala planetaria. La adolescente sueca, que despierta tantas simpatías como recelos, se inspira en otra niña que hace 27 años despertó al mundo de su sueño de falso progreso.


La canadiense Severn Cullis-Suzuki, cuya hazaña cuentan Francisco Llorca y Ana Bustelo en el libro infantil Pequeños grandes gestos por el planeta, consiguió reunir el suficiente dinero con sus amigos para acudir la cumbre de Río de Janeiro. Tenía tan solo 12 años cuando pidió a los adultos que hicieran su trabajo.


Al cabo de este tiempo, la descarbonización de la economía se ha quedado limitada a regiones como la leonesa y otras cuencas de la vieja Europa por intereses que, mucho me temo, tienen poco que ver con la salud del planeta y de las personas.


Las eléctricas se apresuran a cerrar las térmicas de interior y plantan bosques eólicos en alta mar. Mientras en Nueva Delhi tienen que salir con máscaras a la calle –quien tiene dinero para costearse semejante lujo— o morirse de enfermedades respiratorias. Y es que el capitalismo no va a salvar el planeta. Eso lo saben hasta los niños y las niñas.

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