lunes 18/10/21
Libros

El exorcismo de Unamuno en San Isidoro

Un libro reúne los viajes del escritor, incluyendo uno de los que hizo a León, ‘donde le sacaron los demonios’
Imagen del escritor y filósofo
Miguel de Unamuno que formó
parte de una exposición de la
Filmoteca de Castilla y León.
Imagen del escritor y filósofo Miguel de Unamuno que formó parte de una exposición de la Filmoteca de Castilla y León.

Unamuno sentía predilección por San Isidoro. Era el monumento que más le atraía de León, ciudad que a la que se desplazó en múltiples ocasiones desde que se asentó en Salamanca. En una de sus visitas, de viaje a Asturias, el escritor vasco hizo una parada de dos días en León. —a la ida y a la vuelta—.

«Difícilmente olvidaré la impresión que se produjo en mi alma cuando entré, hace ya más de siete años, por primera vez en el panteón de los reyes leoneses Tiene para mí San Isidoro de León otro recuerdo, y es que en su solemne recinto, en un día del mes de agosto de 1906, su abad solemne, don Jenaro Campillo, me sacó los demonios del cuerpo con la mandíbula de San Juan Bautista, que allí se venera. Es una historia que he de contar algún día para edificación de las almas sencillas que crean en la mandíbula del Bautista y en mis demonios, y no sé si para regocijo de los espíritus volterianos», escribió el que fuera rector de Salamanca.

En el Filandón del 3 de junio de 1990, Laureano Robles escribe que, preparando la edición del Epistolario de Unamuno, se encontró con una carta que éste escribe a su amigo Leopoldo Gutiérrez Abascal, en la que le cuenta lo siguiente: «Me detuve en león, al ir y al volver. Y volví a San Isidoro y topé con el formidable abad, el que me sacó los demonios del cuerpo con la mandíbula de san Juan Bautista, formidable abad al que he dedicado ¡claro está! un soneto no menos formidable que él».

Soneto demoníaco

El soneto, escrito el 1 de noviembre de 1910, dice así: «Abad solemne de San Isidoro/ que sorbes en lingote el chocolate/ y fregado lo apuras, nada abate/ tu tan robusta gravedad de toro/Para sestear cual él, más en el coro/naciste, y en mano fue alicate/la quijada de San Juan mi rescate/cumpliendo del demonio; Así de foro/y oferta goces. Tiene el gesto lento/de tu diestra litúrgica en el rito/ algo de prehistórico, pues Trento/no legisló para almas de granito/ y tú eres más que un hombre un monumento que rechaza la mancha del escrito/».

La editorial Biblioteca Nueva publica ahora El viaje interior, con edición de Miguel Ángel Rivero Gómez, una nueva recopilación de los escritos de viajes de Unamuno. En estos viajes se manifiestan ante todo ciertos aspectos de su filosofía: su rabioso individualismo, su tendencia a la imaginación y al sentimiento frente a la razón, su pensamiento trágico, su sentido de la Naturaleza.

Su genio no buscaba la España legendaria y pintoresca de los viajeros románticos, sino la tierra intrahistórica, oculta en pueblos y ciudades olvidados, en ruinas y remotos paisajes. En El viaje interior hay un capítulo dedicado a León, a las impresiones que la ciudad causa en el escritor de la Generación del 98 y, también, al citado exorcismo.

Los exorcismos debían ser relativamente frecuentes en la época en la que lo vivió Unamuno. Valle-Inclán también da cuenta de uno en un breve relato: «Doña Micaela de Ponte y Andrade, hermana de mi abuelo, tenía los demonios en el cuerpo, y como los exorcismos no bastaban a curarla, decidiose en consejo de familia, que presidió el abad de Brandeso, llevarla a la romería de Santa Baya de Cristalmide».

Aparte de ‘espantar’ demonios, Unamuno se dedicó a conocer a fondo los monumentos de la ciudad.

Su visión de León

Como recoge el libro que publica ahora la editorial Biblioteca Nueva, Unamuno describe así León: «Desde que por vez primera la visité me atrajo esta vieja y regia ciudad de León, henchida de recuerdos de nuestra historia, en una verde llana da llena de álamos, que bañan el Bernesga y el Torio al ir a juntar, a la vista de la ciudad, sus aguas. Es su paisaje, un paisaje aquietador, lleno de cielo y de frondosidad, pero sin riqueza ni exuberancia. La ciudad misma no es de las que más carácter conservan si se exceptúan los trozos de las antiguas murallas y sus tres principales monumentos. Las calles se han modernizado y se modernizan y aún cambiarán más, pues la riqueza minera de la provincia acabará por hacer de la capital un gran centro mercantil y aun de recreo. Sólo una plaza, una de esas nuestras típicas viejas plazas, nos habla allí de otros tiempos. En ella puede verse a la paisanería con sus pintorescos trajes. Pero las joyas de León, aquello por lo que merece visitarlo, son la catedral, lo más famoso de la ciudad, San Marcos y San Isidoro, lo más interesante acaso este último y lo más genuino, aunque no ciertamente lo que más atrae, desde luego, las miradas del peregrino, ni lo más famoso».

Sobre el edificio plateresco cuenta Unamuno: «Paseándome con unos buenos amigos, a la caída de la tarde, por la alameda que delante de San Marcos corre a lo largo del Bernesga, no me hartaba de contemplar aquel rosetón calado que se alza sobre su frontispicio. Me han asegurado que S. M. el Rey, al pasar por León, ha manifestado ya más de una vez su extrañeza porque esa joya de nuestra arquitectura plateresca siga dedicada a depósito de sementales».

El escritor vasco no oculta su debilidad por San Isidoro: «Lo que en León produce impresión más profunda al espíritu algo cultivado es la venerable basílica románica de San Isidoro, donde está el formidable panteón de los reyes de León. Fuera de esos tres monumentos, la catedral, San Marcos y San Isidoro, aún queda algo que ver en León arquitectónico. La iglesia del Mercado, por ejemplo, muestra aún señales de lo que en un tiempo fue, y es un caso típico de cómo puede desfigurarse un templo haciéndole perder su primitiva personalidad. Que la tienen los edificios y a las veces más que las personas».

El viaje interior, de 331 páginas, aborda en una primera parte Unamuno, al Unamuno viajero incansable de los campos del espíritu, sus paisajes —las montañas vascas, Castilla, ciudades de provincia y el mar del destierro— y su sentimiento estético, religioso y místico sobre la naturaleza. La segunda parte es una antología de sus viajes, con un capítulo dedicado a León. También están recogidas sus visitas a Alcalá de Henares, Pompeya, Guarda, Guadalupe, Yuste, Santiago de Compostela, Coímbra o la mismísima Atlántida, entre otras.

El exorcismo de Unamuno en San Isidoro
Comentarios