viernes. 03.02.2023
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josé enrique martínez

En lo que escribe Tomás Sánchez Santiago hay siempre una mirada de poeta. Cualquier fragmento de La belleza de lo pequeño lo confirmaría. A sus lectores no nos sorprende el curioso título, en sintonía con su imaginario literario. Cómo no recordar títulos como Para qué sirven los charcos (1999), Los pormenores (2007) o La vida mitigada (2014), que reunió después en otro título precioso, El murmullo del mundo (2014). Estamos en el ámbito de lo desapercibido, con esas otras formas de nombrarlo: lo pequeño, lo minúsculo, lo menudo, lo inadvertido, lo humilde…

El poeta aclara que lo pequeño no alude solo al tamaño: «Lo pequeño es también lo secundario, lo que no estorba, lo que cada día se hace a un lado para quedarse al margen». Para lo pequeño hay que tener abiertos los sentidos, no solo los del cuerpo, sino también los del espíritu para captar su belleza, alejada de lo obligatorio y de la utilidad.

Afirma Sánchez Santiago que «contemplar mucho las cosas las afirma en lo que ellas son, ya desprovistas de todo accidente. La quietud exhalada las convierte en realidades estrictamente poéticas. O sea, en verdad bastante». En ese detenerse sobre los objetos, por inadvertidos que parezcan (los envoltorios, «la luz limonera de octubre», una hierba entre los adoquines urbanos…) es cuando se captan sus «señales», cuando se redibujan en plenitud sus formas y se independizan de lo funcional.

A la pureza elemental de oír, ver o saborear se sobrepone el sentir, la remisión a «un no sé qué de infancia» o las preferencias personales hacia los ámbitos pacíficos ajenos al ruido urbano y al «aullido de la actualidad».

En el ámbito de lo modesto residen «los seres suaves», generosos en su no dejarse notar, seres que originan verdaderos microrrelatos cuajados en la compasión. Ahí anidan también «los pequeños quehaceres». Lo importante es saber expresar ese mundo con eficacia estética, por ejemplo con imágenes sorprendentes y hermosas, como «esos primeros ruidos de artillería matinal» o un cielo nublado que «siembra bronce en el agua».

Al ámbito estrictamente poético pertenecen algunos poemas diseminados entre las prosas, destacando la espléndida composición que cierra el libro: en el noviembre adverso, un ángulo de luz exigua cae sobre «la sombra espinosa de los años» para «poner oro sobre tus cicatrices, sobre los tejidos / cansados de tu cuerpo, sobre costras y pérdidas, / sobre el peso de los primeros nombres / desplomados».

El lenguaje de las cosas
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