jueves 26/5/22

«Con la llegada de la pandemia sentí celos de la realidad»

l El escritor turco y Premio Nobel publica ‘Las noches de la peste’, una novela sobre el estallido del Covid-19
                      marta pérez
marta pérez

josé oliva

Al final borré lo de Bin Laden, pero de la novela actual apenas modifiqué nada y solo reduje las páginas que describían la cuarentena, porque ahora todo el mundo ya sabe cómo funciona, pero la pandemia hizo que me sintiera celoso de la realidad» y el dilema era «escribir sobre la pandemia o renunciar a ello». Para afrontar con perspectiva histórica la novela pensó en el Daniel Defoe de Diario del año de la peste, que «habla de la pandemia en Londres en 1715, que el autor escribió en 1722 y al parecer se basó en las notas que tomó su tío durante la epidemia, pero también fueron inspiradoras «Los novios», de Alessandro Manzoni, o «La peste», de Albert Camus, todas de escritores que no habían vivido la experiencia de la peste. «Yo comencé igual, pero de repente todo cambió, y eso me permitió escribir en situación de vivencia real», ha señalado.

Las noches de la peste (Literatura Random House/Més Llibres) se sitúa en 1901 en un barco que se dirige hacia la isla de Minguer, con la princesa Pakize Sultan, sobrina del sultán Abdülhamit II, y su reciente esposo, el doctor Nuri, pero también un pasajero de incógnito: el inspector jefe de sanidad del Imperio Otomano, encargado de confirmar los rumores de peste que han llegado hasta el continente. Pamuk se sirve de una historiadora actual para evocar aquella amenaza epidémica, la revolución que está a punto de fraguarse o el frágil equilibrio entre cristianos y musulmanes.

Optar por una voz femenina en la narración es para él «una decisión ética» que se impone, porque quiere «ver el mundo a través de ojos de narradoras», y confiesa que su ideal es «escribir una novela en primera persona del singular que nadie piense que ha sido escrita por mí —dice—». El autor turco rechaza las acusaciones de la Fiscalía de su país de supuestamente insultar al fundador de la república, Mustafa Kemal Atatürk, y a la bandera turca. «Ni es cierto ni lo he pretendido», asegura antes de explicar que su novela es «una alegoría en cierto modo del crecimiento de las naciones después de la desintegración del Imperio Otomano, que dio como resultado países como Bulgaria, Serbia o Turquía, pero no hay una alusión directa a Atatürk. Mi experiencia me dice que todo se desvanecerá en los laberintos de la burocracia de Ankara». El escritor de Me llamo Rojo se muestra optimista sobre la evolución de la covid-19: «Al final todas las pandemias han desaparecido y la humanidad siempre sobrevive y se inventa para ella misma nuevos problemas, pero esa supervivencia está en nuestra sangre, en nuestros genes». No quiso escribir sobre una isla concreta para que los lectores pusieran en cuestión los hechos porque quería hablar de cosas generales, y por esa razón se inventó «una isla como de cuento de hadas, con mucha imaginación y al mismo tiempo en cuarentena».

El intelectual comprometido surge cuando le preguntan por la guerra en Ucrania: «Es inmoral matar a los ucranianos porque no quieren pertenecer al bloque ruso, porque no quieren que los controlen; y es absolutamente horrendo invadir un país y matar a miles de personas», algo que, como apunta, se puede hoy ver en Internet en «un montón de vídeos, que no están editados, hechos por la gente que graba desde sus ventanas, en los que aparecen cuerpos de gente asesinada». Entre sus sentimientos, «culpabilidad y frustración» por «querer hacer algo y consciente de que hay poco que hacer» y rápidamente le viene a la memoria el ejemplo de Susan Sontag cuando fue a la Bosnia bombardeada por el ejército serbio de Milosevic.

El gobierno turco

Es crítico también con el gobierno turco de Erdogan, que «ha acabado en los últimos seis años con la libertad de expresión, que afecta a los periodistas, no a los escritores que escriben ficción, y con un ministro de Justicia que anuncia con orgullo que están construyendo nuevas cárceles como si anunciara un nuevo hospital». Pamuk, que recibió el Nobel en la cincuentena, no siente que fuera un castigo, sino que el premio le hizo «trabajar más y de manera más dura» y si antes era traducido a 46 lenguas, ahora llega a más de sesenta, la más reciente un contrato con Nepal.

Recuerda con nostalgia sus años de juventud, cuando «quería ser pintor e imitaba a Van Gogh y Picasso», pero cuando comenzó a escribir sus influencias fueron Jean-Paul Sartre, William Faulkner, Dostoievski, Borges, Umberto Eco o García Márquez, «escritores que leo y releo constantemente -afirma-».

A mediados de este mes, Pamuk viajará a España para presentar su libro en Bilbao, el 19 de abril en Madrid y el 21, a las puertas de Sant Jordi, en Barcelona.

«Con la llegada de la pandemia sentí celos de la realidad»
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